28 diciembre 2009

Fuegos artificiales

Llevo varios días queriendo escribir sobre Avatar. La película más cara de la historia es un bodrio y, gracias a un corte de luz, pude salirme del cine a la mitad. La historia es predecible y los personajes dan risa. Su único interés es la tecnología 3D. Pero las gafas son muy pesadas y parece que lleves gafas de sol. Tanto color para nada.

Como digo, quería extenderme sobre el tema pero Jonás Trueba se me ha adelantado y ha expuesto estas mismas ideas en su blog. Mejor leerle a él.

Un amigo me dijo que teníamos que ver 'Avatar' tal y como James Cameron la había concebido, en tres dimensiones. Yo siempre he sido reticente al 3D, pero pensé que mi amigo tenía razón. Así que compramos nuestras entradas e hicimos la cola de rigor. Al llegar a la puerta de la sala, los acomodadores repartían gafas a cada uno de los espectadores. También un sobrecito con una toallita desinfectante para limpiarlas. Me senté en mi butaca y me dediqué a sacarles brillo mientras pasaba la publicidad. Descubrí a los príncipes de Asturias acomodándose al otro lado del pasillo, discretamente, cerca de la puerta de salida. Me gustó verles en el cine como una pareja normal, pero recordé que no íbamos a ver una película normal, sino algo fuera de lo común, 'una nueva cultura visual, y una nueva estética cinematográfica en 3D' en palabras del propio James Cameron, 'la película que marcará un antes y un después en la historia del cine'.

Recuerdo lo mucho que disfruté en su día películas como 'Titanic', 'Terminator (1 y 2)', 'Aliens, el regreso' y hasta 'Mentiras arriesgadas'. Pienso que James Cameron es un gran director de cine, que conoce los mecanismos del espectáculo, la tensión y el entretenimiento como pocos. Me gusta su lado artesano y científico, que le lleva a desarrollar e inventar nuevas cámaras estereoscópicas, en formatos de alta definición más portables; me gusta su apuesta por un cine de acción sin perder de vista la emoción, la belleza y las historias bien contadas. Lo que me parece contradictorio es ese discurso suyo a favor del progreso, la ciencia y la capacidad del ser humano para superarse, y esta película que parece pedir a gritos el regreso a los tiempos del hombre en taparrabos.


Cualquiera puede compartir una parte del mensaje ecologista que impregna toda la película, pero me resulta más complicado aplaudir la moraleja final, según la cual el hombre sólo parece tener un destino, que es volver a vivir en las ramas de los árboles. Así lo comprende un ex marine estadounidense que perdió las dos piernas en la selva de Venezuela (sic), y que gracias a la tecnología científica puede resucitar mentalmente en el cuerpo de un avatar que toma la forma de un Navi, uno de esos seres alienígenas que habitan Pandora. Los Navis tienen mucho de hombres primitivos, y algo de Hare Krishnas. Todo su mundo parece sacado de una película de Walt Disney, y sospecho que muchos niños y adolescentes van a disfrutar con estos seres azules fosforitos.

En el futuro que ha imaginado James Cameron, los humanos hemos agotado todos los recursos naturales de la Tierra, así que nos lanzamos a la conquista de un nuevo planeta llamado Pandora. Allí, una empresa estadounidense, secundada por la fuerza militar de un gigantesco ejército de mercenarios, se dedica a expoliar los recursos del planeta virgen. No es difícil ver un paralelismo entre el saqueo de Pandora y las últimas incursiones de Estados Unidos en Irak y Afganistán. Aquí también se invoca la guerra preventiva para tapar intereses más espurios, pero ninguno de esos paralelismos con nuestro presente hacen que la película sea más interesante; si acaso más simple.

Me sorprendió la falta de tensión y de ambigüedad en un director como Cameron, y ese mensaje maniqueo y pueril que subyace por debajo de toda la narración. Es verdad que 'Titanic' ya apuntaba maneras con esos camarotes de primera y de tercera pero, además de ser un espectáculo fabuloso, había una querencia por recrear unos hechos ocurridos, y sabía conducirnos con maestría hacía el más previsible de los finales. En 'Avatar' parece que el talento y la imaginación se hubieran agotado en la invención de Pandora. La técnica del croma y el 'e-motion capture' nunca estuvo más conseguida; y toda esa explosión de colores, flores, cielos, ríos, montañas.... parece un trabajo descomunal. Sin embargo, todo lo que articula este paisaje resulta previsible desde el principio; y según avanza la película, las peores previsiones se confirman.

Lo imprevisible es lo que sucede entre las secuencias, entre un plano y otro, en lo que se intuye o se adivina de las imágenes, quizá de un sólo gesto. En este sentido, películas como 'Singularidades de una chica rubia', de Manoel de Oliveira, o 'Mal día para pescar' de Álvaro Brechner, resultan mucho menos previsibles que 'Avatar'; y quizá debería estar escribiendo aquí de ellas en lugar de perder el tiempo con una película que no lo necesita.

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