30 septiembre 2008

El fin del mundo se acerca. O no

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Esta era la portada del Huffington Post a media tarde de ayer, hora española. No puede ser más simbólica. Una tormenta acecha a la Casa Blanca. Las nubes, negrísimas, amenazan con dejar caer con fuerza su contenido de un momento a otro. En la mansión está el presidente George Bush, a la espera que que alguien le deje un paraguas.

Nadie lo ha hecho. Ni siquiera sus compañeros de partido le han echado un cable. 133 republicanos ha votado en contra de la propuesta de su líder de partido. ¿Cómo se entiende que aquellos que votaron sin dudarlo a favor de la invasión de Irak o de la tenencia de armas hoy se hayan rebelado contra su presidente? Se llama mandato imperativo. Los congresistas representan a los ciudadanos que les votaron, no a su partido. Se deben a sus distritos, a sus estados; no a una difusa y cambiante línea del partido.

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Pequeño inciso. Esta votación, en nuestro país, hubiera estado clara desde el principio. Aquí los parlamentarios (siempre hay honrosas excepciones, como Pilar del Castillo en la votación de la ley de matrimonios homosexuales; su osadía fue multada) votan en consonancia con lo que el aparato del partido ha decidido previamente. La constitución española prohibió el mandato imperativo, y así nos va.

Después de la votación, en la rueda de prensa que ofreció e la chimenea de su casa junto al presidente de Ucrania, el presidente Bush decía que está decepcionado con el resultado y que buscará una nueva estrategia para seguir adelante. Lo decía confiado, como si el rechazo del Congreso fura un pequeño contratiempo. Pero muchos se preguntan, ¿Y ahora, qué?

Sin profundizar demasiado, Bush tiene 3 opciones: presentar la medida tal cual está de nuevo al Congreso, modificarla y volverla a presentar o no hablar de los 700 mil millones de dólares en lo que queda de mandato. La primera posibilidad es tan estúpida que ni si quiera a él se le ocurriría ponerla en práctica; la segunda podría demostrar que es cobarde, además de tozudo (¿tan poco aprecio tenías al plan que a las primeras de cambio te apresuras a darle la vuelta? ¿y encima quieres que le demos el visto bueno?); la tercera vía es la más arriesgada y, al mismo tiempo, quizá la más acertada.

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Durante estos años -se ha dicho esto tantas veces que cansa sólo escribirlo- los bancos y las bolsas se han enriquecido a cosa de las hipotecas basura. Lo ha definido muy bien José María Izquierdo:
Sufrimos los efectos de los actos de rapiña de una pandilla de sinvergüenzas y rufianes que han llevado a sus empresas a la ruina y han puesto en jaque a todo el sistema financiero mundial mientras se embolsaban más y más millones de dólares con ejercicios tan delictivos como multiplicar los papelillos de hipotecas imposibles -papel del Monopoly- y venderlas por todo el mundo. Es lo más parecido a un delito reconocible por todos: hacer billetes falsos e intentar pasarlos como buenos en casinos y prostíbulos.
Ahora pretenden que sea el gobierno quienes los salven de la ruina. El tan denostado, el maligno y peligroso estado de bienestar, debe salir en su ayuda. También se ha dicho, pero merece la pena recordarlo que algunos siempre buscan “la privatización de los beneficios y la socialización de las pérdidas”. Pues parece que no va a ser así.

Curiosamente, porque algunos republicanos tienen bastante claros cuáles son sus principios políticos. Se han pasado media vida alabando al mercado, a la mano invisible y a la bendita madre de Adam Smith; no van a traicionar ahora esas creencias por una crisis de nada (que, por otra parte, a ellos poco les va a afectar mucho). Han votado según su conciencia: les honra.

Otros políticos europeos, en cambio, sí piden una intervención estatal. Son los mismos liberales que mismos hace 10 años dijeron a Corea del Sur que no se le ocurriese ayudar a sus bancos y empresas al borde de la bancarrota. Los mismos que apuestan por que las empresas marquen los salarios, los contratos y los despidos; el gobierno no debe meter las naries en todo. Los mismos que mañana querrán privatizar la educación o la sanidad, porque así serán más eficientes...

Algunos llaman a este cambio de aires “pragmatismo”. Pero es pura hipocresía.

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Una pequeña reflexión final. Tras la caída del comunismo, se pensó que el mundo había llegado a su última y feliz etapa, al vivieron felices para siempre; Fukuyama lo denominó el fin de la Historia. Nicolás Sartorius lo explicaba así a finales de 2001:
El triunfo del capitalismo es total y definitivo -se afirma-, como si el fin del comunismo y de la Unión Soviética hubiese supuesto la superación de todas las quiebras o contradicciones que padece la humanidad. Las crecientes desigualdades en el reparto de las riquezas, la degradación paulatina del medio ambiente, la insoportable discriminación de las mujeres, la explotación de la infancia, las matanzas que originan las viejas y las nuevas guerras y enfermedades, habrían desaparecido del mapa. Incluso el éxito de la nueva economía -Internet, etcétera- convertía en obsoletas las teorías sobre los ciclos económicos, pues los aumentos continuos de productividad, que las nuevas tecnologías proporcionaban, garantizaban un crecimiento sostenido, al resguardo de los vaivenes de las recesiones de otros tiempos.
Parece que estaban equivocados... A ver si resulta que el capitalismo no es perfecto.

Han pasado 150 años desde la última vez que alguien se propuso inventar un sistema económico más justo. Quizá sea el momento de un nuevo Karl Marx.

1 comentario:

Eduardo dijo...

Uno de los mejores artículos que te he leido, enhorabuena Raul.
Que mal debe ir el mundo para que estemos de acuerdo ¿no?