15 enero 2010

Defensa del tabaco, por Mi Mesa cojea

Hay algo fanático y aterrador en la actitud de los guerrilleros antitabaco. Lo veo cada día en la mirada de chicos y chicas bien educados, bien instruidos por los medios de masas, por la revista de la parroquia o el panfleto comunista, por Science o AR. Chicos y chicas que miran mis manos con terror mientras lío un cigarrillo, emblema último del siglo XX. Son las manos del cáncer, leo en sus miradas, las manos de la pestilencia, del tumor, las garras de la metástasis y la ceniza.

Paul Auster carga contra este tipo de gente en Invisible, su última novela. Les llama "policías del tabaco" y los ventila en un par de párrafos con su talento habitual. En Estados Unidos, al parecer, son legión, y en España su número crece exponencialmente, como reflejo de la tendencia imperial.

Conozco a gente educada, personas en general tolerantes y respetuosas, que, sin embargo, pierden la compostura ante un fumador. La pierden en forma de mala mirada, de sutil aspaviento o, en el peor de los casos, de censura explícita. La razón para esta falta de educación siempre es la misma: que ellos no fuman.

No se trata de que el tabaco dé cáncer, no es un problema celular. Tampoco se trata de que te estés matando con una lentitud exasperante. Se trata de que el humo es molesto, de que huele mal y ese olor se impregna en la ropa, ya sabes, y luego todo a la lavadora. Se trata de que ese potencial cáncer se adhiere a sus trapitos de Zara y Pull & Bear. Se trata de que no hay quien quite esta peste del jersey. Se trata de que tu libertad, fumador, acaba donde empieza la suya. Y la suya empieza donde ellos dicen, aunque no esté escrito en ninguna ley, en ninguna norma.

Estoy a favor de la ley antitabaco. Me parece bien que se prohíba fumar en el interior de todos los locales, fundamentalmente por los niños. Lo que me asquea es que esa ley haya sido dogmáticamente asumida por ciertas personas que se han erigido en guardianes de la moralidad del pulmón blanco, fanáticos del aire limpio. Inmaculadas del humo y beatos del oxígeno puro.

El tabaco, por supuesto, es una industria. Es un poderosísimo lobby que, sin embargo, parece tener los días contados. Pero el tabaco mata sin declarar guerras, sin esclavizar países, sin regalar balas a niños. El tabaco mata sin querer matar. El tabaco es un invento obsoleto en esta era ultracapitalista liberal, un objeto estúpido que se carga a sus consumidores, un producto que atenta contra la más fundamental base del mercado: deja que el comprador siga comprando.

Pero el tabaco es tan grande, tan sublime precisamente porque mata. Porque da tos, porque da humo, porque vuelve los bares brumosos y a las personas justamente borrosas. Porque es Casablanca y cine negro, porque es literatura y tertulia, porque es romanticismo y travesura adolescente. El tabaco, batalla perdida, es ya nostalgia de cuando se fumaba.

Los fumadores somos los malos en el primer acto de la película del cáncer, como los gays lo fueron en el primer acto de la película del SIDA. Ni Elvis, ni Guerra Fría, ni ordenadores. El gran símbolo del siglo XX será el cigarro. El pitillo se convertirá en un icono a la altura del Che. Los críos lo llevarán en las camisetas, habrá chapas que lo recuerden y webs que lo homenajeen. Y cuando ya nadie fume, fumar será leyenda. Y los fumadores muertos, sus héroes caídos.

Mi Mesa Cojea, 15-01-2010

12 enero 2010

Desde el banquillo de los acusados, por Joan Mari Torrealdai, presidente del Consejo de Administración de Egunkaria

El tsunami inquisitorial del segundo Gobierno Aznar, con la doctrina Bush recién estrenada tras la resaca que siguió a la destrucción de las torres gemelas, me pilló con 60 años. De ellos, 40 los he dedicado a una actividad de notoria proyección pública, básicamente investigación cultural y labor editorial, con más de una docena de libros y cientos de artículos publicados, unido a una treintena de años como director de una revista cultural, de pensamiento y de ensayo, denominada Jakin (Saber, en euskera).

En ello estábamos cuando la Guardia Civil llegó a nuestras casas antes de la hora del lechero, a la 01.30 de la madrugada del 20 de febrero de 2003. En la mía rompieron a porrazos la puerta, apuntaron con armas de fuego a toda la familia, incluidos hijos menores, y me incomunicaron. Acto seguido se me mostró un papel según el cual, y por mi condición de presidente del consejo de administración del periódico diario Euskaldunon Egunkaria, resultaba acusado de “pertenencia o colaboración con banda armada”.

Así me enteré de que yo era, al parecer, de ETA. Me convirtieron en un hombre de armas, de la noche a la mañana.
Público 12-01-2010

10 enero 2010

La lengua de Hitler (y de Goethe)

Recupero aquí un post escrito en 2007. Porque me apetece. Porque llevo días escuchando canciones en alemán y quiero que otros disfruten de ellas.

Camino de su muerte en un campo de concentración, un personaje de Vida y destino piensa, “La lengua de Goethe sonaba horrible en medio de la noche en las estaciones rusas”.

Durante varios años estudié alemán, un idioma que adoro. Para mí es mucho más interesante que el inglés y, aquí viene las discusiones, suena mejor que el inmerecidamente afamado francés. Es más interesante que la lingua franca actual por el sencillo motivo de que el alemán es un idioma más complejo en su sintaxis y preciso en su léxico; si bien cuesta más aprenderlo, la satisfacción al pronunciar una frase o leer un texto es mayor que hacerlo en inglés.

La razón de que a mí me suene mejor que el francés es una simple cuestión de gustos (o de genes). Hay una teoría que viene a decir que, en temas de idiomas, hay gente “del sur” y gente “del norte” (seguramente existirán términos más científicos). Es decir, que hay quienes prefieren el francés, italiano o catalán (y tienen facilidad para aprenderlos), y quienes se decantan por el inglés y el alemán (y a veces el ruso). Esto es muy fácil de comprobar en cualquier escuela de idiomas. Yo soy “del norte”.

Existe la impresión de que el alemán es un idioma feo y rudo. Los comentarios usuales son del tipo “parece que están insultando”, “las palabras son como gritos y órdenes”. Siempre he pensado que la culpa de esta impresión, para mí errónea, la tiene el nazismo (y, en menor medida, Hollywood). A un nivel superficial, la asociación “alemán” y “Hitler” es inmediata; pocos piensan que es la lengua de Goethe, de Günter Grass, de Wagner o Beethoven. La secuencia ilógica es: el alemán era la lengua que hablaban los nazis; los nazis insultaban y daban órdenes; el alemán sirve, primordialmente para insultar y dar órdenes; y a eso suena.

Por supuesto, pocas personas han escuchado hablar a un nazi de verdad, si acaso algún breve fragmento de un discurso de Hitler. La mayoría escuchamos hablar alemán por primera vez en una película sobre la II Guerra Mundial producida en Estados Unidos. Así, parte de la culpa de este germanofobia debe recaer en Hollywood.

En 1939 había dos países fascistas, pero nadie recuerda a Italia, y el italiano es un idioma “musical”. ¿La razón? El menor número de películas en que los “malos” eran los italianos (incluso en una película sobre el fascimo en Italia, La vida es bella, los “malos” siguen siendo los alemanes).

Invito aquí a escuchar varios vídeos en alemán. El primero es un fragmento de El triunfo de la voluntad, la película en la que que Leni Riefenstahl glorifica al partido nazi.



El segundo vídeo lleva por título Wozu sind Kriege da; en español, “Para qué sirven las guerras” (da una idea de su mensaje).



Los mismos que quisieron glorificar a Alemania destruyeron la reputación de su lengua.

09 enero 2010

Entre dos aguas

1.-

Parece que hoy día todo el mundo tiene las ideas muy claras respecto a las descargas, los derechos de autor, las medidas del gobierno y todo eso que se ha agrupado en twitter bajo la etiqueta de #manifiesto. O eres un pirata, un tipo que maneja el ratón como si fuera un revólver y roba el trabajo de otros, o eres un reaccionario apegado a tu dinero que pretende vivir de rentas por los siglos de los siglos. No hay término medio. Y, sin embargo, al igual que otros, yo me encuentro en él.

Como todo joven español con acceso a Internet, he descargado contenidos protegidos por derechos de autor. Muchos. He bajado música y películas de Kazaa, de eMule, de Soulseek, de Megaupload y de Rapidshare. Tengo un disco duro lleno de películas por las que no he pagado, de discos por los que no he soltado un euro y en breve, espero tener una carpeta llamada e-books con libros por los que no pasaré por caja. No me arrepiento.

Por otro lado, como casi todo el mundo, trabajo por dinero. Actualmente ejerzo de periodista en una televisión autonómica, pero he escrito una novela y, de aquí a un tiempo, espero poder rodar una película. Cuando lo haga, habré pasado muchos meses trabajando en ella. Y, por mucho que me guste compartir y regalar, no me haría ninguna gracia que la gente se la descargara en lugar de ir a verla al cine.

Llamadme egoísta, antiguo, avaro. No me doy por aludido. Si acaso, puedo ser contradictorio. O, en palabras duras, hipócrita.

Pero creo sinceramente que la mayoría de los que firmamos el manifiesto lo somos.


2.-

Primero vinieron a por los enlaces, y yo no dije nada, porque no enlazaba. Así comienza una variación del famoso poema. El gobierno español, precedido por otros y, seguro, seguido por muchos más, está a punto de deslizarse por una peligrosa colina. La que va de la protección de derechos de autor a la censura. Por algo la imagen de China bloqueando Internet a los activistas nos viene a todos a la cabeza.

Este gobierno se ha equivocado en la forma y en el fondo. De la primera ya hablé hace un tiempo. Hay quien no aprende. Respecto al fondo, no podría estar más errado.

¿Será por la edad? ¿Por la brecha generacional? ¿Por el miedo a perder el control? ¿Por el pánico a una hipotética e improbable revolución a la iraní (pero vean cómo ha terminado, si es que alguna vez comenzó)?

¿Por pura incompetencia?

No importa. Se equivocan de estrategia, de táctica y de método. La solución no es cerrar webs. Ni amenazar con hacerlo. Ni tratar de delincuentes a los ciudadanos.

La solución es mucho más creativa que todo eso. Pero por algo han sido elegidos. Para dar respuesta a los problemas. Y, a ser posible, que sea proporcionada y adecuada.

3.-
Quizá ningún miembro del gobierno utilice Spotify. Es posible que ninguno de sus cientos de asesores conozcan su existencia. Improbable, pero posible. ¿Tampoco los presidentes de comunidades? ¿ Y los alcaldes? No sólo los de las grandes ciudades, también los jóvenes de los pueblos. Quiero creer que alguien con poder en España sabe que existe un programa inventado por un par de suecos que permite escuchan miles de canciones sin pagar un euro y sin violar derechos de autor.

Si no es así, deberían mirárselo.

Spotify puede ser la solución. Así de sencillo. Una plataforma de contenidos con diferentes tipos de cuenta. Si no quieres pagar, escuchas publicidad. Si no quieres publicidad, pagas.

¿Cuánto estaría una persona dispuesta a pagar por tener acceso a toda la música y películas que se pueda imaginar? Yo recuerdo que me gastaba una pasta en el videoclub (cuando todavía eran almacenes y no escaparates). Cada mes me dejo unos 150 euros en las librerías de mi ciudad. Y tengo una colección de unos 1000 CD's originales. Sumen.

Hoy un libro cuesta 18 euros de media, parecido sucede con los discos. EL cine, cada día más caro, ronda en Zaragoza a los 7 euros.

¿Cuánto pagaría yo por tener acceso a esta cultura in moverme de mi silla? Veamos, así a bote pronto. Por un libro, menos de 6 euros; por una película, quizá 3; por un disco 5.

Al mes, leo 8 libros, veo una decena de películas y puedo comprar un máximo de 5 CD's.

Suman un total de 48 euros para la plataforma de libros, 30 para la de películas y 25 para la música.

Pero el error sería cobrar por cada artículo consumido. La solución está en el buffet libre. Pagas por tener la posibilidad de consumir todo lo que quieras. Un mes te pasarás, otro no llegarás. Y al final, entre todos equilibramos las cuentas.

La suscripción a Spotify cuesta 9'95€ al mes. Hagan números.

03 enero 2010

La guerra de mañana

Hace unos días, nadie sabía donde estaba Yemen; hoy es el centro del mundo. Si creemos las informaciones proporcionadas por los servicios de inteligencia de Estados Unidos, es un nido de terroristas y van a atentar contra las embajadas occidentales de un momento a otro. Bueno, quizá sí y quizá no. Según Barack Obama, el hombre que intentó volar el avión a Detroit tenía conexiones con Yemen y su rama de AL Qaeda.

Esto ha dicho en su último mensaje a los ciudadanos:


We know that he travelled to Yemen, a country grappling with crushing poverty and deadly insurgencies. It appears that he joined an affiliate of al Qaida, and that this group - al Qaida in the Arabian Peninsula- trained him, equipped him with those explosives and directed him to attack that plane headed for America.This is not the first time this group has targeted us. In recent years, they have bombed Yemeni government facilities and Western hotels, restaurants and embassies - including our embassy in 2008, killing one American.

So, as President, I've made it a priority to strengthen our partnership with the Yemeni government, training and equipping their security forces, sharing intelligence and working with them to strike al Qaida terrorists.

And even before Christmas Day, we had seen the results. Training camps have been struck; leaders eliminated; plots disrupted. And all those involved in the attempted act of terrorism on Christmas must know; you too will be held to account.

Instead of giving in to fear and cynicism, let's renew that timeless American spirit of resolve and confidence and optimism. Instead of succumbing to partisanship and division, let's summon the unity that this moment demands. Let's work together, with a seriousness of purpose, to do what must be done to keep our country safe.

As we begin this New Year, I cannot imagine a more fitting resolution to guide us-as a people and nation.


Es cierto que Yemen es un país pobre, y que ya fue escenario de atentados contra Estados Unidos y España. Pero lo del USS Cole fue en el 2000 y el atentado contra turistas en 2007. Sí es cierto que hay un puñado de jóvenes que están dispuestos a dejar su Somalia natal para ir a Yemen a "luchar por Alá". Pero quizá la solución sea "luchar por sus corazones y almas" (palabras de Gordon Brown), en lugar de asesinarlos.

Pues eso es exactamente lo que quieren hacer. En realidad, Washington está preparando el terreno para una nueva invasión. Ya lo hicieron en 2002 con Irak. Primero hay un ataque terrorista, después se vincula el atentado con el país elegido, se alarma a los ciudadanos (gracias a la eficaz colaboración -voluntaria o involuntaria- de los medios de comunicación), se logra su apoyo en aras de la seguridad nacional y, finalmente, se firman los contratos de defensa.

Las razones no las tengo nada claras. He leído que China tiene negocios con el presidente yemení y eso no gusta a Obama, que es un enclave estratégico para controlar la Península Arábiga, que... No importa.

Antes de terminar su mandato, el premio Nobel de la Paz del año 2009 habrá invadido un país africano. Lo hará después de haberse retirado de Irak, debe ser difícil mantener un ejército en tres países al mismo tiempo. Tendrá ayuda, por supuesto. Por el momento Inglaterra y España han escuchado lo consejos de la Washington y han cerrado su embajadas en la capital, Sanaá. Veremos si también nos sumamos a esta invasión.

Esta previsión no es una mera fantasía, lo ha dicho un oficial estadounidense destinado en Yemen: "Irak es la guerra de ayer. Afganistán la de hoy. Si no actuamos de forma preventiva, Yemen será la guerra de mañana"

Guerra preventiva. Qué recuerdos.