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07 diciembre 2009

Paul Auster resucita (o eso parece)

Durante mucho tiempo, Paul Auster fue eso que se llama "escritor de culto". Un tipo que publicaba novelas sobre escritores que escriben, y lectores que leen, un tipo que lograba acercar la metaliteratura al pueblo llano. La Trilogía de Nueva York o Leviatán son ejemplos de este subgénero.

Con el paso de los años el escritor de culto se convirtió en escritor de moda, y sus novelas comenzaron a parecerse demasiado unas a otras. Por suerte, esta mala racha parece haber llegado a su fin. Invisible, su nueva novela, es más de lo mismo, pero bien hecho.

Como tantas otras Bildungsroman, cuenta la transformación de un joven en hombre. El paso de aspirante a poeta maldito a escritor mediocre.

La clave de la novela está en la estructura. Auster divide Invisible en 4 capítulos, y cada uno de ellos está narrado de forma diferente. Habla el protagonista en forma de recuerdos, habla un antiguo amigo del protagonista, habla el protagonista a través de un diario escrito en tercera persona y, por último, habla antigua amiga suya.

El conjunto es un cuadro inacabado, una sinfonía a medio terminar. Quizá ahí radica su esencia. La vida no puede ser contada como antes. Sólo tenemos fragmentos. Lo que decimos de nosotros mismos, lo que escribimos, lo que otros dicen, lo que alguien recuerda. ¿Cuánto de lo narrado es verdad? No lo sabemos. No nos importa.

Juegos metaliterarios, sí, pero de calidad. Auster ha logrado salir de su mundo, un lugar vacío en el que llevaba inmerso demasiado tiempo, para contar lo mismo, pero desde fuera. Y lo hace a conciencia, disfrutando de su papel de narrador. Este cambio de perspectiva es muy positivo.

Está claro: sólo ve aquel que es capaz de verse a sí mismo mirando lo que ve.

22 noviembre 2009

El poder de la coca

Esta semana, un grupo de personas torturó y ejecutó a las hijas de un asesino de mujeres en México. Al parecer, no es tan extraño que allí paguen justos por pecadores.

Esta noticia apareció mientras leía El poder del perro, un novelón en el que abundan este tipo de salvajadas.

México, cocaína, armas, prostitutas, sicarios, policías corruptos, irlandeses borrachos, agentes de la CIA, izquierdistas latinoamericanos, mercenarios ultraderechistas, las FARC, los paramilitares, Ronald Reagan, el Papa, el Opus Dei... Son algunos de los personajes de la novela de Don Winslow. Una adictiva novela que recuerda a las largas canciones de Bob Dylan, a las películas de Sam Peckinpah, a 2666 de Bolaño.

Un policía honrado ayuda sin querer al ascenso de un narcotraficante, en largo un prólogo que termina como la primera parte de El Padrino. A partir de entones gastará años, balas, salud, amigos y familiares en enmendar su error.

Por el camino, hay una clase magistral sobre el funcionamiento del narcotráfico en Latinoamérica; un resumen de los intentos de la CIA de acabar con todo vestigio de izquierdistas en el continente; una constatación del poder de la droga, que nombra y destituye presidentes, entonces y ahora; una crítica a la cúpula de la Iglesia, siempre alíada con los mismos; y un mensaje final: que la violencia, el dinero y el poder pueden ser drogas más duras que la cocaína.


narco

Todo salpicado con centenares de muertos. Algunos culpables, muchos inocentes (el primero, un bebé tiroteado). Las descripciones de las venganzas, torturas y masacres no son aptas para estómagos delicados.

Lo malo es que El poder del perro no es sólo una novela, sino un puñado de casos reales, armados con las técnicas de la ficción. Todo lo que se cuenta, asegura el autor, ha sucedido. Cuesta creerlo, pero no hay más que leer el periódico para hacerlo.

08 julio 2009

Sontag, la vampiresa

Susan Sontag no fue siempre Susan Sontag. Al principio sólo era Susan, una chica que escribía sus sueños y fantasías, sus tristezas y alegrías en unos cuadernos. Pero desde su primera adolescencia puso todo su empeño en serlo. El objetivo era convertirse en una intelectual (“I want to write... I want to live in an intellectual atmosphere”, escribe poco después de emanciparse). Visto lo visto, podemos decir: misión cumplida.

Reborn compila esta etapa de formación, desde los 14 años hasta los 30, cuando publica su primera novela. La primera Susan es una precoz lectora que suscita al mimo tiempo sentimientos de ternura, sonrisas condescendientes e impulsos de darle de bofetadas. Una niña que ya tiene una teoría de gobierno, que escribe listas y listas de los libros que debe leer (no por el placer de leerlos, sino para poder decir “he leído”), y que le gusta acompañar el sexo con música de Prokófiev (“Sex with music! So intellectual!!!”).

Página a página Susan va completando su nombre. Las lecturas se hacen más profundas, la música pasa a un segundo plano y aparece el cine. También cambian las entradas del diario: más complejas, menos explícitas y más reveladoras.

SusanSontagDavid

En 300 páginas, Susan se casa, tiene un hijo, se separa; estudia, viaja, da clases; acepta su homosexualidad, se enamora, se desenamora; lee, escribe, comienza a conocerse. Quizá este último aspecto sea el más importante del libro. Si bien la persona que escribe los diarios aún es sólo Susan, de ellos saldrá Sontag. A medida que Susan analiza sus ideas y comportamientos, los censura y se da instrucciones para el futuro, crea y modela a la respetada intelectual que será.

Para ello tiene que sufrir. Susan sacrifica mucho, pero lo hace a gusto. Es más, nunca esta satisfecha con el trabajo. Si fuera posible, comería menos, dormiría menos, bebería menos... Todo con tal de aprovechar al máximo las posibilidades de la mente y la cultura.

Pero Susan no es una asceta del trabajo. Para ella, el sexo es lo mismo que la música, que el cine, que la literatura: una forma de conocer al otro y de conocerse a sí mismo. Quizá por eso la expresión “make love” y el concepto “orgasm” aparezcan tantas veces. Es parte de su formación. El libro termina con una fase muy reveladora en este aspecto: “Intellectual wanting like sexual wantig”

En su camino, Susan aprende de todos aquellos con los que se cruza. Pero, como ella misma dice, no es un aprendizaje sano. De profesores, familia, amigos, amantes, extrae lo que necesita, y luego los deja de lado. Como los vampiros, chupa la sangre de sus víctimas; y ellas se la dan gustosa, sin saber que, una vez secas, serán inservibles.



Al final del libro, Susan casi ha completado su apellido: tiene una novela escrita y en proceso de publicación, su formación “básica” ya ha terminado, el mundo intelectual la espera. Pero está sola: separada de su familia, de su ex marido, mantiene una relación poco maternal con su hijo y está a punto de abandonar a su última novia.

Ha conseguido lo que quería, pero ha pagado un alto precio. En el siguiente volumen sabremos si mereció la pena y si en su búsqueda de la fama intelectual, encontró también la felicidad.

18 junio 2009

Cien años de humor

Cien años de soledad es la mejor novela de humor de la literatura del siglo XX. La gente me mira raro cuando lo digo, pero es cierto. De igual manera que al Quijote hay que acercarse con un espíritu desmitificador, la mejor forma de leer la novela de García Márquez es con la sonrisa dispuesta.

Hay que olvidar lo que enseñaron en la escuela: ni realismo mágico, ni lenguaje tropical, ni símbolo anti imperialista. En el fondo, es una novela de humor.

Como muchos saben, cuenta la historia de una familia a lo largo de un siglo. Desde los fundadores de la saga hasta su último miembro. Pero es una familia peculiar. Los hay solitarios, los hay valientes, los hay estudiosos, los hay fuertes, los hay frágiles, los hay tímidos, los hay guerreros.

Su único motor, al cabo, es el sexo. Parte de la familia busca el sexo y el amor ideal; para la mayoría es, un tabú a romper, una fuerza sísmica que marcará su destino. Sólo así puede comprenderse el complicado árbol genealógico que queda después de un siglo de sexo que terminará, por ignorancia, en la pura endogamia.

Dice Roberto Bolaño que tragedia más distancia es igual a comedia. Aquí radica la esencia de esta novela. La historia está contada, en palabras de su autor, "como la contaba mi abuela, con cara de palo". Todo sucedió hace mucho, pero parece que ocurra hoy mismo. Esa técnica permite que acontecimientos más o menos dramáticos sean hilarantes.

Transcribo algunos pasajes a los que tengo un cariño especial.


1.-
Así es presentado Aureliano, uno de los grandes personajes de la novela. Es de reseñar que en este párrafo hay incorrecciones. El propio García Márquez confesó que había errores de argumento (confusiones de nombres, fechas...), pero que nunca los cambió en su momento ni quiso hacerlo en las siguientse ediciones.

El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo. Aunque peleó siempre al frente de sus hombres, la única herida que recibió se la produjo él mismo después de firmar la capitulación de Neerlandia que puso término a casi veinte años de guerras civiles. Se disparó un tiro de pistola en el pecho y el proyectil le salió por la espalda sin lastimar ningún centro vital. Lo único que quedó de todo eso fue una calle con su nombre en Macondo.

2.- El coronel Aureliano Buendía es ya un viejo derrotado que se dedica a fundir una y otra vez
pescaditos de oro. En un momento dado sale a la calle y se sienta en una silla. Alguien lo ve.

-¿Cómo está, coronel? -le dijo al pasar.

-Aquí -contestó él-. Esperando que pase mi entierro


3.- Úrsula con más de 120 años, está ciega y no puede levantarse de la cama. Sus tataranietos "cuidan" de ella.

Parecía una anciana recién nacida. Amaranta Úrsula y Aureliano la llevaban y la traían por el dormitorio, la acostaban en el altar para ver que era apenas más grande que el Niño Dios, y una tarde la escondieron en un armario del granero donde hubieran podido comérsela las ratas. Un domingo de ramos entraron al dormitorio mientras Fernanda estaba en misa, y cargaron a Úrsula por la nuca y los tobillos.

-Pobre la tatarabuelita -dijo Amaranta Úrsula-, se nos murió de vieja.

Úrsula se sobresaltó.

-¡Estoy viva! -dijo.

-Ya ves -dijo Amaranta Úrsula, reprimiendo la risa-, ni siquiera respira.

-¡Estoy hablando! -gritó Úrsula.

-Ni siquiera habla -dijo Aureliano-. Se murió como un grillito.

Entonces Úrsula se rindió a la evidencia. «Dios mío -exclamó en voz baja-. De modo que esto es la muerte.»


4.- José Arcadio, emocionado por los inventos de los gitanos, dedica sus días a la investigación científica.

Por fin, un martes de diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.

-La tierra es redonda como una naranja.

Úrsula perdió la paciencia. «Si has de volverte loco, vuélvete tú solo -gritó-. Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de gitano.»


Una novela, en fin, capaz de "estimular a los inermes, despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a los modestos, escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios".

04 junio 2009

La lectura como taumaturgia

"Nunca conocí ningún sufrimiento que una hora de lectura no aliviara". La escribió Montesquieu hace ya unos cuantos años, y siempre me ha funcionado.

El problema es que, en ocasiones, la propia incapacidad para leer es el sufrimiento. Como escribía hace unos días, he pasado unas semanas de bloqueo absoluto. Las consecuencias las han sufrido algunos de mis alegados: familia, amigos, compañeros de trabajo. El martes fue el peor día. Menos mal que no tengo un AK47 en mi cajón...

Cada primavera releo Cien años de soledad. Junto con El túnel, es el único libro capaz de desbloquearme y permitirme leer de nuevo. Este año me he resistido, quería probarme que era posible salir de agujero por otros medios. Durante varios días ni siquiera he intentado leer. Me he dedicado a dormir y a ver series y películas. Craso error.

El martes por la noche leí el primer capítulo de Cien años de soledad. "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo". ¿Qué tendrán estas palabras, que son capaces de hacerme sonreír de pura felicidad?

¡Qué razón tenía el francés!

26 mayo 2009

Sequía

Hace algo más de un año escribí:

Es deprimente no poder leer. Me ocurre de cuando en cuando, alguna vez ya lo he contado aquí. Empiezo un libro y lo tiro a las pocas páginas. Normalmente son libros en los que había puesto grandes expectativas. Libros recomendados por Babelia, por El Cultural, por ABCD. O por todos a la vez. ¿Es posible que todos estén equivocados?

Llegan a mi mesa con una amplia sonrisa y los brazos abiertos. "Ven a mí: te haré pasar un buen rato. Mejor aún: te iluminaré, te revelaré sensaciones nunca experimentadas. Soy el libro del futuro". Es lo que parecen decir algunas novelas actuales. Otras, en cambio, tienen un discurso muy diferente: "Soy un clásico, ¿Qué más puedes pedir? Nací hace siglos y aún hoy soy leído. De mí recibirás la sabiduría de los antiguos, la imperecedera, la eterna. Recuerda: soy imprescindible. Si no me lees, estarás incompleto."

Al final, la mayoría fallan. No cumplen lo que prometen. Crean falsas expectativas. Me hacen perder el tiempo y el dinero. Cuando cierro con más ira que tristeza (antes sí me entristecía, ahora me pongo furioso) una novela, me entran ganas de abandonar la lectura y pasarme al audiovisual (HBO es grande, muy grande). Realmente, no pueden existir tantos buenos libros como las editoriales y los suplementos literarios quieren hacernos creer. Es imposible. Hay mucha morralla. Y no me refiero a los bestsellers de una temporada: hablo del apartado "literatura".

Lo malo del asunto es que para encontrar una joya, (o incluso una piedra más o menos pulida) hay que tragarse mucho, mucho barro.

Hay quienes me llaman radical, y me acusan de no dar una oportunidad a los libros o las películas.

Ya he perdido mucho tiempo. Si me levanto dos horas y media antes de entrar a trabajar para poder leer un rato, no es para aguantar basurillas con pretensiones literarias.

Estoy muy enfadado. Quiero leer. Necesito leer.

He revisado mi biblioteca. Nada me atrae. Quizá relea alguna buena novela. A veces ayuda.

Para quien no sea adicto, éste puede ser un problema muy menor. Alguno jamás experimentará esta angustia. Los que me conocen comprenderán mi situación.

Sólo espero que no dure mucho.


Pues eso.

04 mayo 2009

El gesto valiente

Ayer a las 3 de la mañana terminé la lectura febril de Anatomía de un instante. Hasta hace una semana nunca me había interesado el intento de golpe de Estado. Me aburría. Nunca he escuchado de forma atenta una noticia, un reportaje al respecto. Todo lo relacionado con aquel día lo desechaba.

¿Por qué, entonces, compré de libro de Javier Cercas, un escritor cuya obra no soporto? Ni idea.

Pero sí puedo afirmar que estas 400 paginas redimen de forma completa el engaño al que sometió a los lectores con sus dos obras anteriores.

Anatomía de un instante, ya se ha dicho muchas veces, no es una novela, ni un ensayo, ni un reportaje periodístico... No es nada de ello y es todo a la vez. Ahí, seguramente, radica su éxito.


No es una novela de no ficción porque hay mucho lugar para la imaginación de Cercas. Hay mucho adjetivos muchas suposiciones, mucha opinión. No es una novela de ficción porque lo que cuenta sucedió de veras (aunque los motivos y sentimientos de los protagonistas no fueran necesariamente los que Cercas describe). No es un ensayo sobre el arte de política, pero a ratos lo parece.

Da igual: no importan las etiquetas. Es un gran libro.

Si consigue tener a una persona no interesada en el golpe despierta hasta las 3 de la mañana, es que es un gran libro.

09 marzo 2009

Adoro el olor a letra impresa por la mañana

Cuando no tengo demasiado sueño, leo unas pocas páginas mientras desayuno, antes de ir al trabajo. El libro que elijo marca en buena medida mi ánimo por la mañana. Si no leo, ni humor suele ser agrio.

Como toda actividad intelectual, requiere un esfuerzo. Es mucho más facil dejar sonar el despertador o navegar por internet. Pero la recompensa es grande.

Durante las pasadas semanas, he leído a Jon Bilbao, a Thomas Bernhard, a Daniel Moyano. He disfrutado, poco más. Después de vagar por varios libros, de enfadarme con ellos (y conmigo por comprarlos), he retomado la lectura de Doktor Faustus, de Thomas Mann. Eso es literatura. Lo que los franceses llaman grandieur.

Una frase de Mann vale por un párrafo de Bernhard (tan alambicado, tan repetivo y hueco, al cabo). Un párrafo, por novelas enteras.

El arte es espíritu y el espíritu no tiene por qué aceptar obligaciones sociales o comunitarias -no debe aceptarlas, entiendo yo, si quiere defender su libertad y la nobleza de su estirpe-. Un arte que emprende "el camino del pueblo", que hace suyas las necesidades de la masa, del vulgo, de la mediocridad, acaba por caer en el desvalimiento y sólo puede vivir de la ayuda del Estado. Favorecer un arte a la medida del vulgo es estimular la peor mediocridad, es un crimen contra el espíritu. Tengo, por otra parte, el convencimiento de que las más osadas empresas del espíritu, las más libres, las más ofensivas para la multitud, acabarán siempre por ser benéficas para los hombres.

Una vez más, lo repito: cuando las novedades son vanas, cuando los suplementos literarios sólo publicitan a sus amigos, cuando las librerías muestran lo mismo de siempre, quedan los clásicos.

Pese al esfuerzo que requieren, merecen la pena.

23 enero 2009

Lo que queda por leer

Hace unos días, [el ojo fisgón] hablaba de su “sistema” para comprar libros. Según decía, durante un tiempo compraba libros de forma compulsiva; no tenía tiempo para leerlos todos y se agobiaba. Ahora compra sólo los que va a leer de inmediato.

Todo lector serio se ha enfrentado alguna vez a la mítica pregunta de un conocido o un familiar, “¿Has leído todos los libros de tu biblioteca?”. Al principio me daba apuro contestar, realmente compraba muchos libros que luego no me gustaban. Me sentía casi culpable por gastar tanto dinero y por llevarme libros a casa demasiado a la ligera.

Pero lo cierto es que me gusta ver mi habitación llena de libros. Adoro ver cómo crecen y tengo que hacerles hueco. Aunque tenga serios problemas de espacio, sé que nunca renunciaré a comprar libros. Más aún desde que tengo trabajo (y sueldo). En ocasiones compro libros que quiero leer en breve; otras veces compro para el futuro; otras porque me cae bien un autor; otras porque me cae mal; hay veces, debo confesar, que compro porque no me gusta salir de una librería con las manos vacías.


De todas formas, no soportaría haber leído todos los libros que poseo. Ahora mismo acabo de desechar dos que estaba leyendo (uno por aburrido, otro por incomprensible) y cuando publique este post tendré que elegir mi próxima presa. Es un momento excitante y a la vez pesado. Es difícil elegir, pero al mismo tiempo enriquecedor. No lo parece, pero es una decisión importante.




Hace años leí una entrevista con Elias Canetti en la que hablaba sobre este asunto (¿o era un perfil en el que el periodista ponía las palabras en boca del premio Nobel?). La he buscado muchas veces, pero ha sido inútil. Sin embargo, revisando sus Apuntes, he encontrado esta cita que sirve para la ocasión.
No me arrepiento de esas orgías de libros. Me siento como en la época de la expansión para Masa y poder. También entonces todo sucedió por aventuras con libros. En Viena, cuando no tenía dinero, gastaba todo lo que no tenía en libros. En Londres, en los peores momentos, conseguía, contra viento y marea, comprar de vez en cuando libros. Nunca he aprendido nada sistemáticamente, como otra gente, sino por excitaciones súbitos.

Siempre empezaban con mi mirada caída sobre algo que tenía que poseer fuera como fuera. El gesto de coger, la alegría de tirar el dinero por la ventana, el transportarlo a casa o al local más próximo, el contemplar, acariciar, hojear, el guardarlo durante años, el momento de un nuevo descubrimiento cuando las cosas se ponían serias, todo esto es parte de un proceso creativo cuyos detalles secretos desconozco. Pero en mi caso nada sucede de otro modo, y por lo tanto tendré que comprar libros hasta el último instante de mi vida, sobre todo cuando sé con seguridad que nunca los leeré.


Creo que es también parte de la rebeldía contra la muerte. Nunca quiero saber qué libros entre ésos se quedarán sin leer. Hasta el final no está determinado cuáles van a ser. Tengo libertad de elección, puedo elegir en cualquier momento entre todos los libros de mi alrededor, y por ello tengo en mi mano el curso de la vida.
Coincido plenamente con sus palabras. Mientras queden libros sin leer, hay futuro.

24 diciembre 2008

Don Julián en Euskadi

Ya era hora. Mucho se ha tardardo en escribir sobre ETA con el tono que lo hace Juan Francisco Ferré. Una irreverencia necesaria para desacralizar los asesinatos de la banda terrorista (ojo: desacralizar no significa restarles importancia). España se ha acercado en muy pocas ocasiones a su mayor cáncer. Y cuando lo ha hecho, ha sido -demasiadas veces- desde el punto de vista de los verdugos.

Ferré afronta la tarea con valentía. Desde la farsa, escribe una novela que no deja títere con cabeza. La fiesta del asno apunta a los políticos del PNV (que, para Ferré, nada entre dos aguas), a los medios de comunicación (que dan excesiva cobertura a todo lo relacionado con ETA), a los familiares de las víctimas (en un momento de la novela, una mujer suplica por la vida de su marido; para salvarlo, se acuresta con Gorka, y en el moment del orgasmo grita "Mátalo, mátalo") y, por supuesto, a los terroristas.

El libro no tiene un hilo argumental al uso. Está formado por estampas o escenas que giran alrededor del protagonista, Gorka K, síntesis en cierto modo del joven terrorista actual. Gorka en su casa, Gorka durmiendo; Gorka practicando el sexo con mujeres, con hombres, con travestis; Gorka probándose trajes de la guardia Civil; Gorka masturándose al escuchar a un escritor crítico con la banda; Gorka concejal, Gorka asesino, gorka quemando contenedores; Gorka recibido como Jesús a la entrada de su pueblo; Gorka regentando un bar adornado con las caras de sus víctimas; Gorka convertido en mujer y disfrutando de su exiilio dorado en el Caribe...

Hay muchos Gorkas en esta novela. Pero al cabo todos son uno.

Dos son las escenas que definen bien el espíritu de La fiesta del asno y su protagonista. En la primera, Gorka persigue a su víctima hasta matarla; un hobre que, pese a los disparos, se resiste a morir y se levanta del suelo una y otra vez.

En la segunda, Gorka decide ejecutar una acción no aprobada por la Organización. Durante un pleno en el que se va a destituir al alcalde, simpatizante de los asesinos, entra al ayuntamiento pistola en mano y profiriendo gritos (en una imagen que recuerda mucho a un 23 de febrero). Da su pistola a los concejales y les da a elegir. "Votad a favor del alcalde, o pegaos un tiro en la sien". Hay quien vota por convicción, hay quien vota por no morir y hay quien se dispara. Llegado el turno del alcalde, las opcionen están igualadas. Gorka está tranquilo, todo saldrá bien. Pero contra todo pronóstico, el alcalde también aprieta el gatillo.

Sólo hay una pega a esta novela. En su afán por trasladar el espíritu, el humor y la iconoclastia y el estilo de Reivindicación del Conde don Julián al País Vasco, parece en algunos momentos una copia, como si se hubiera efectuado un mero cambio de escenario. Pero lo cierto es que sin la lectura de la novela de Juan Goytisolo, que prologa el libro, Ferré no habría podido escribirla.

Aquí un extracto
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28 noviembre 2008

Marsé

Hacía tiempo que no me alegraba de un premio Cervantes (reviso la lista de premiados y el último que realmente me gusta es del año 1986 y por entonces, yo aún no leía mucho; así que, sencillamente, éste es el primer año que me gusta el Cervantes). Y eso que hasta hace 13 horas no había leído nada del ganador.

Pero Marsé me cae bien. Así de simple. Me parece un hombre honrado, serio, digno, coherente. Tien cara de viejo bruto y borrachín, pero escribe los diálogos más vivos que haya leído en mucho tiempo. Creía que era un mero cronista de la España de poguerra. Pero resulta que demás, tiene imaginación y sabe de técnica narrativa (algo infrecuente en muchos escritores, que no pasan del sujeto-verbo-predicado-punto).


A la espera de terminar Rabos de lagartija y escribir una reseñita, aquí va un vídeo editado por la editorial Candaya.




24 noviembre 2008

Viva Goytisolo

Nada más empezar la jornada laboral, una alegría. Mi querido Juan Goytisolo ha ganado el Premio Nacional de las letras. Aunque su última novela no valga el papel en el que está escrita, aunque se le haya subido su "marginación" y su "extranjeridad" a la cabeza, sigue siendo uno de los más grandes.

Un buen momento para revisitarlo.


Actualización 22'30:

Transcribo un texto que escribí sobre Goytisolo en febrero de 2007.

Juan Goytisolo ya no escribe. Al menos ficción. Su última novela, Telón de boca, data del 2003. Quien la leyese percibía un olor a despedida. El escritor estaba cansado, Monique su compañera de tantos años, había muerto recientemente; sólo le quedaba esperar el fin. Ahora aparece de cuando en cuando en El País, firmando artículos de opinión, como siempre, apocalípticos.

Pero hubo un Juan Goytisolo anterior, un escritor sin miedo al poder o al stablishment literario. Un autor que siempre fue por libre, escribiendo lo que no se debía escribir y de una forma nunca antes (ni después) vista por estos lares. Ése es el Juan que pasará a la historia de la literatura.

Una brevísima biografía de Juan Goytisolo señalaría que nace en Barcelona la víspera de reyes de 1931; que tiene por hermanos a Luis y José Agustín, ambos dedicados a la literatura; que se instaló en París a mediados de los cincuenta y trabajó en la editorial Gallimard, donde conoció a Monique Lange, su esposa y compañera durante 40 años; que conoció el éxito en el extranjero mucho antes que en España, donde aún es recibido con reticencia; que es homosexual y que vive en Marrakech.

Pero, como toda biografía, no es más que un resumen lleno de lagunas. La mejor forma de conocer a Juan Goytisolo es leer sus libros. En ellos vuelca con furia toda su vida, sus sentimientos, opiniones ante todo. Juan Goytisolo es un hombre tímido, prefiere la soledad elegida a las multitudes y conferencias, pero ante el papel se desnuda con una dignidad y una absoluta falta de vergüenza pasmosa.

Se inició, como era norma en la época, en el realismo social. En sus novelas y relatos presentaba una España triste y gris en la que sus protagonistas eran soldados desganados, borrachos y obreros. Pero éstas son unas obras que conviene olvidar, no tienen hoy ningún valor literario. "Mi escritura adulta -dirá- empieza con el último capítulo de Señas de identidad".

Esta novela inició el camino a seguir. Nacía un nuevo Juan Goytisolo, un escritor que rompía con su pasado de enfant terrible y símbolo de la literatura de protesta, símbolo creado por la cultura francesa. Un escritor que daba la espalda a su familia: a su padre moribundo, a sus hermanos, que podían competir con él, a su hermana, que no tenía ninguna importancia en su vida. Juan Goytisolo abandona definitivamente España y se traslada a París. Allí asumirá plenamente su sexualidad y aprenderá a liberarse de muchos corsés de la literatura de la mano del iconoclasta Jean Genet.

No es lugar éste para glosar todas sus novelas y ensayos. Bastará decir que en ellas arremete contra todo y contra todos. El franquismo, el Opus Dei, la política de inmigración europea, la guerra de Yugoslavia, los propios escritores. Señas de identidad es un punto de partida que le lleva a destruir paulatinamente el lenguaje, hasta hacerlo casi ininteligible, (algo similar al trabajo de Joyce en su Ulises o en su Finnegans wake). Tras Makbara, Goytisolo se centra más en la estructura que en el lenguaje: sus textos son más sencillos de leer a primera vista, pero en conjunto poseen mayor complejidad. Vista en conjunto, su primera etapa puede definirse de "destructiva" y los años posteriores como "constructivos". En palabras del escritor, su obra es "una construcción a partir de una destrucción".

Sus últimas décadas están íntimamente relacionadas con el mundo islámico. En el barrio parisino del Sentier aprende turco de la mano de un grupo de exiliados; conocerá más tarde la tradición literaria del Islam y se convierte en su defensor. Gracias a su apoyo, la plaza Xemaa el Fna, un espacio de convivencia e intercambio de tradiciones orales en Marrakech, se convierte en Patrimonio Oral de la Humanidad.

Pero todo esto no se logra sin dejar cadáveres por el camino. La relación con s hermano Luis es casi nula, de aquellos activistas políticos que frecuentaba en los sesenta no quiere saber nada; volvió la espalda a muchos de aquellos con quienes se relacionó. Siempre fue un experto en convertir a sus amigos en enemigos y en mantener el rencor (o la envidia) que muchos le tenían.

Hoy es un hombre solitario. Continúa viviendo en Marruecos, sin Monique pero con la compañía de un par de muchachos que adoptó. Ha declarado públicamente el fin de su relación con la ficción, se dedica a releer a Cervantes, Tolstoi o Las mil y una noches. Ya no espera nada, si acaso la muerte.


Un escritor en una guerra

Durante el cerco de Sarajevo, Juan Goytisolo fue el único intelectual europeo que se trasladó a la ciudad. Aguantó allí varios meses, testigo de las muertes que los bombardeos de la OTAN causaban. Junto con el fotógrafo aragonés Gervasio Sánchez escribió un libro en el que reflejaba la situación. Como única forma de escapar al horror, montó junto con Susan Sontag la obra Esperando a Godot, interpretada por actores no profesionales del lugar.


La carta más difícil

Cuando asumió plenamente su sexualidad, Juan Goytisolo llevaba varios años viviendo con Monique. La única forma de revelar su secreto era hacerlo por escrito. Así que le envió un laga carta a Moscú, donde ella estaba de viaje con su hija, en la que explicaba toda la situación y le repetía su amor incondicional; si no quería continua con él, lo entendería. La respuesta de Monique tardó unos días en llegar, pero fue positiva. Pocos meses después contraían matrimonio.

14 noviembre 2008

Demasiadas rayas

XXX crea adicción.

XXX Inhibe los procesos cognitivos. Parece más adecuado como instrumento de lavado de cerebro, inducción del sueño o hipnosis que como estimulador de los procesos de aprendizaje.

XXX es una forma de inanición sensorial, capaz de provocar desorientación y confusión. Distorsiona el sentido del tiempo, lugar, historia y naturaleza. En ocasiones incapacita para distinguir lo real de lo irreal, o externo de lo interno, lo experimentado personalmente de lo que ha sido implantado desde fuera.

XXX disminuye la capacidad de crear imágenes propias; fomenta la sumisión y la pasividad.

XXX crea hiperactividad.

XXX limita la comprensión. Modifica la forma de recibir información, ofrece una experiencia sensorial angosta. A causa de XXX creemos que sabemos más, pero sabemos menos.

XXX es antidemocrática. Unos pocos producen y muchos consumen.

XXX embota la conciencia, facilitando así la autocracia.


CTE050


Uno lee estas frases y piensa que XXX es una peligrosa droga. Lo es. XXX es la droga más consumida del mundo. Con diferencia. XXX es la televisión.

Las frases de arriba son las conclusiones a las que llega Jerry Mander en su libro 4 buenas razones para eliminar la televisión. Está escrito a mediados de los años 70, pero no ha perdido vigencia. De hecho, algunos datos y comportamientos de la sociedad estadounidense en los años 70 pueden aplicarse a la España de 2008.

Después de 350 páginas de datos, análisis y entrevistas a científicos; después de reseñar estudios sobre la luz, la imágenes mentales, el sueño y la hiperactividad; después de preguntar a los ciudadanos sus sensaciones al ver la televisión; después de analizar el modo en que la televisión constriñe y distorsiona la realidad; después de todo esto, Mander resume en unas pocas frases los peligros de la televisión y propone su total eliminación.

Como mínimo, es un libro interesante. Un ensayo que obliga al lector a reflexionar sobre su comportamiento frente a la televisión. Como máximo, hará que el lector tire su televisor a la basura. Dentro de esos dos extremos hay un amplio rango de posibilidades. La elección es particular.

20 octubre 2008

Cómo destruir un buen texto teatral

Fernando Fernán Gómez abandonó el teatro porque no soportaba la presencia del público. Yo estoy pensando en imitarle. Cada vez voy menos al teatro, y cuando lo hago, suelo arrepentirme. Hay dos representaciones, sólo dos, que me han satisfecho plenamente: Hamlet y La cena. Me temo que la sensación producida por las palabras de Flotats o Edurad Fernández no volverá a repetirse. Y, también, me temo que caeré de nuevo en la trampa y volveré a pagar una entrada de teatro.

Todo esto viene a cuento de la última versión de Arte, de Yasmina Reza. En estos momentos gira por España su tercera versión. Primero la protagonizaron Josep Maria Flotats, Josep Maria Pou y Carlos Hipólito; ésta era la buena. Después vino la versión de Ricardo Darín, por entonces en su apogeo. Ahora la decadencia se consuma y los personajes son interpretados por 3 actores de televisión muy populares, tanto que es imposible disociarlos de sus caracteres en la pequeña pantalla. Luis Merlo, Iñaki Miramón y Alex O´Doherty intentan ser Iván, Marcos y Sergio; pero no lo consiguen. Hay quien no puede escapar de su pasado. Merlo sigue siendo Mauri, de Aquí no hay quien viva, O'Doherty es, y lo será por mucho tiempo, el tipo duro de Cámara café; y Miramón, al menos para mí, es el siniestro etarra de Todos estamos invitados.

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Poco ayuda a olvidar estos personajes la versión de director. Arte, hay que decirlo claro, no es una comedia. Puede montarse como tal, pero sonará falsa. Arte habla de la amistad, de la tolerancia, de la valentía, de la lucha por ser feliz, de la soledad. Si uno lee la obra de nuevas, sin poner cara ni voz a los personajes, pasará un mal rato: porque Arte es una obra dura.

Sin embargo, en esta versión el público ríe. Mucho. Demasiado. Tanto que dan ganas de salir de la sala o mandar callar. Pero la culpa no es suya. O, al menos, no sólo suya. Los actores hacen todo lo posible por resultar cómicos, y lo logran. Al final de un monólogo de Luis Merlo, un discurso calcado al que podría haber recitado Mauri hace unos años, la gente rompe a aplaudir, como si fuera un solo de guitarra en medio de un concierto. Hay que reconocer que es gracioso.

De todas formas, cada vez estoy más convencido. Las posibilidades de que una puesta en escena enriquezca el texto son escasas. Mucho mejor leer teatro en casa.

09 octubre 2008

Un año más

Un año más, Suecia me decepciona profundamente. ¿Qién es este hombre? Público ha realizado una encuesta a sus lectores; el resultado es revelador.

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Yo quería que ganase otro. Éstos eran mis favoritos. Quizá para otro año, si no han muerto antes.

Antonio Lobo Antunes
Bob Dylan
Cormac McCarthy
El redactor de los discursos de Obama
Ernesto Sabato
Javier Marías
JG Ballard
John Updike
Juan Goytisolo
Luis Goytisolo
Philip Roth
WG Sebald (aunque sea póstumo)

25 septiembre 2008

Cartografía del miedo

Uno puede pensar que es imposible escribir hoy día un libro que atemorice al lector, una novela de terror verdadero. Que la ficción tipo Stephen King -con vampiros y monstruos- ya no asusta a nadie y que el género de terror ha quedado relegado a unas pocas películas. Isaac Rosa viene a romper esta creencia con su última novela, El país del miedo.

El escritor sevillano deslumbró a la crítica con su soberbia reescritura de la lucha antifranquista en El vano ayer y demostró que los libros -en particular los propios- deben ser revisados y sometidos a una severa crítica, como la que él mismo hizo de su primera novela, La malamemoria. Ahora da un giro de timón en la forma para ahondar en el fondo y llegar quizás a un mayor número de lectores. Su última novela es más lineal y, en apariencia, más sencilla de leer. Pero sólo en apariencia.

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El punto de partida es el acoso escolar que sufre el hijo de un matrimonio “ejemplar”: clase media, progresista, sin problemas económicos y moderadamente feliz; la imagen de familia que se muestra en los anuncios de televisión. Cuando descubren -demasiado tarde- que su inocente hijo es objeto de ataques en el colegio, su equilibrio comienza a romperse. El padre, verdadero protagonista de la historia, intenta arreglar el asunto como lo haría la mayoría: denuncia la situación al director de la escuela, amenaza al acosador y aumenta la protección sobre su hijo. Nada de esto resuelve el problema, que crece página a página. El final, aunque previsible -el autor no busca el suspense-, está muy logrado. Unas pocas páginas estremecedoras.

Pero el mayor hallazgo de la novela no es el hilo puramente narrativo, sino los capítulos alternos, en los que una voz anónima describe los miedos de la sociedad española de principios del siglo XXI. El temor a la oscuridad, a los ladrones, al dolor, a la violencia, a la pobreza, a la inmigración; todos son analizados con precisión notarial. “El suyo es un miedo consciente, propio de quien es capaz de pensar su propio miedo, analizarlo, cuestionarlo incluso, y sin embargo teme”, puede leerse en uno de estos capítulos. Es difícil no compartir esta frase. Muchos de nuestros temores son infundados, la probabilidad de que se conviertan en realidad es escasa; y aún así...

De cuando en cuando, el narrador recuerda que los temores son del protagonista, pero es inútil: el lector sabe que también son suyos, de todos nosotros. Por eso esta novela resulta en algunos momentos incómoda. Nuestros miedos son privados, o deberían serlo; avergüenza escucharlos en la voz de un narrador anónimo -sabia elección de Isaac Rosa, por cierto, evita moralinas y produce el mismo efecto- que parece conocernos demasiado bien.

Isaac Rosa ha conseguido lo que muchos escritores buscan: revelar a través de una historia sencilla un pequeño, pero importante, rincón de la sociedad actual. En una entrevista reciente, declaraba que con esta novela invita a identificar nuestros temores, "para, a partir de ahí, echarlos a un lado". No lo ha conseguido. Y en estos tiempos de algodón y ojos cerrados, es todo un logro.

(Reseña aparecida en el suplemento Artes y Letras el 25 de septiembre de 2008)

30 agosto 2008

Churras y merinas

Copio y pego un divertido artículo firmado por Luisgé Martín en Babelia. Reflexiona sobre el eterno debate: ¿leer hace mejores a los seres humanos? Yo creía que ya se había encontrado una respuesta clara y que la discusión estaba cerrada, pero parece que no es así. (Por cierto, mi respuesta es, No, rotundamente, no; leer aporta sensaciones, conocimiento, diversión y compañía: en ningún caso es la píldora de la bondad.)

El problema del texto es que el autor no se cree lo que escribe. Quiere aparentar que sí, pero en realidad se siente satisfecho en su condición de culto. En cualquier caso, merece la pena.

La ópera ha sido considerada siempre el espectáculo artístico más completo y refinado. Aúna música, literatura y teatro. Para disfrutarla hay que ser una persona cultivada y tener educadas todas las capacidades estéticas. Es necesario, además, poseer una sensibilidad especial. Podríamos decir, por lo tanto, que los amantes de la ópera forman parte de un linaje extraordinario. De una quintaesencia humana. En febrero de 2001, sin embargo, los socios del Círculo del Liceo de Barcelona -quintaesencia de la quintaesencia- decidieron rechazar el ingreso en el club operístico de las diez mujeres que, después de siglo y medio de absoluta hegemonía masculina abolida en unos nuevos estatutos, habían solicitado la admisión. Entre esas mujeres -por si alguien duda de sus méritos- estaba Montserrat Caballé. Es decir, los seres más sensibles, los que se conmovían hasta el retorcimiento del alma con la música de Verdi, con la voz doliente de María Callas o con las quejas de amor de Madame Butterfly, se comportaban en la vida real como gañanes de taberna.

Este suceso, excesivo y paradigmático, es un exordio vistoso, pero resulta fácil encontrar diariamente muchos otros ejemplos que nos obligan a plantearnos si la cultura contribuye a iluminar las ideas o si, por el contrario, sirve sólo para empachar las mentes y emponzoñar los ánimos. Uno de nuestros novelistas jóvenes más eximios, a quien se le debió de aparecer una virgen en algún camino de Damasco, como a Fernando Arrabal, escribe cada semana en los periódicos sesudos y floridos artículos en los que igual pone en cuestión la teoría de la evolución -"siempre me ha llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo"- que describe con extraño discernimiento las sociedades modernas -"matrimonios deshechos porque sí a velocidad exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra, abortos a mansalva, nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etcétera"-. A algunos otros escritores, no menos eximios, les vemos participar en tertulias televisivas diciendo disparates y simplezas que sólo mejoran las de los invitados de Salsa rosa en el rigor de la gramática y en la riqueza del vocabulario. Y aquellos a los que no se les ha aparecido ninguna virgen ni han sido invitados a ninguna tertulia no pueden tirar tampoco la primera piedra. En el sector editorial y en el mundo literario -un castillo de hombres cultos, de cultivadores de ese gran bien espiritual que es la lectura- se encuentra la mayor concentración de individuos biliosos, marrulleros, hipócritas, envanecidos, desequilibrados y tortuosos que conozco. Incluyéndome, por supuesto, a mí mismo.

La gran obra de la literatura española cuenta la historia de un pobre hombre que, empachado de libros, salió a recorrer el mundo escudado por un analfabeto que no había leído ninguno. Todos conocemos las peripecias que les ocurrieron. Todos sabemos quién creaba los problemas y quién los resolvía luego; quién era soberbio y quién humilde; quien contemplaba la realidad y quién veía únicamente sus propias fantasías y vanaglorias. Que cada cual elija un modelo, pero que no haya excusas: todos los libros son de caballerías.

No quiero hacer menosprecio de corte y alabanza de aldea, y ni siquiera estoy seguro de si soy abogado de dios o del diablo, pero desde hace años tengo la sospecha de que la lectura es menos benéfica de lo que se proclama continuamente con altavoces y pregoneros. O incluso que es dañina, que resabia. Hay dos virtudes que nadie le puede negar: su ejercicio produce un placer estético que sólo es superado por los que producen los de la música y la sexualidad; y desarrolla, instrumentalmente, las capacidades de comprensión y de construcción textual, que sirven para leer el prospecto de un medicamento, para redactar una carta o una reclamación, o para poder estudiar mecánica de automóviles o mecánica cuántica. Es decir, la lectura tiene una utilidad sensorial -si hay utilidades así- y una utilidad práctica -valga el pleonasmo-, pero tal vez no tenga ninguna utilidad ética, que es la que más se pregona. "Los libros nos hacen libres", decía uno de los eslóganes publicitarios con los que el Ministerio de Cultura trataba de concienciarnos de los beneficios de leer. "El nacionalismo se cura viajando y leyendo", proclamaba Juan María Bandrés en aquellos años en los que se pensaba aún que las barbaridades de ETA eran cometidas sólo por ignorantes sin formación. Como Sócrates, en suma: "No hay hombres malos, sólo hay hombres ignorantes". Y continuamente escuchamos hablar con desprecio o conmiseración de aquellos que no leen o que leen productos como El código Da Vinci o La catedral del mar y no a Borges, a Paul Auster o a Vasili Grossman, que son algunos de los autores que al parecer nos hacen más libres y menos abertzales.

Es decir, los apóstoles de la lectura hemos creído siempre que a través de ella se crearía un mundo más justo, más tolerante, más inteligente y más pacífico. Más humano, en suma. Hemos creído que alguien que se conmoviera con las desdichas adulterinas de Anna Karenina y el Conde Vronski no podría luego, por ejemplo, llamar alimañas a quienes cometen una infidelidad o se divorcian. Que quien se emocionara sumergiéndose en el alma insatisfecha de Emma Bovary no sería capaz de pegarle una paliza a su mujer o de negarle el ingreso en el Círculo del Liceo a Montserrat Caballé. Que aquel que se estremeciera al conocer la vida de Primo Levi en Auschwitz o la de Anna Frank en Ámsterdam no tendría ya nunca la desvergüenza de -pongo por caso- votar a Batasuna, apoyar la guerra de Irak, defender Guantánamo o enmascarar con palabrería libertaria la dictadura cubana. Hemos creído siempre, en fin, que los libros eran el manual de instrucciones de la naturaleza humana y que quien leía terminaba descifrando sus mecanismos y mejorando su rendimiento. Pero a la vista está que hemos creído mal.

A los niños y a los adolescentes les instigamos casi enfermizamente a que lean, anunciándoles las siete plagas si no lo hacen. Pero habría que preguntarse si esa obsesión está justificada por tantas plagas como decimos. ¿Son menos corruptos los que leen? ¿Son menos despóticos en sus trabajos o en sus casas? ¿Respetan más las señales de tráfico? ¿Sienten menos cólera, saben dominarla mejor? ¿Tienen mayor clarividencia política? ¿Son menos violentos? Hace años leí un artículo -seguramente de algún norteamericano extravagante- en el que se sostenía que entre los individuos de mayor nivel cultural estaban más extendidas las prácticas sadomasoquistas. No quiero poner de ejemplo a Hannibal Lecter, pero creo que la duda es razonable.

Son no obstante los razonamientos desvariados de este texto, sin duda, la mejor prueba de que leer -lo hago mucho- no siempre trae provecho.

18 junio 2008

Esto no es un alegato elitista

Copio y pego un artículo del crítico literario Ignacio Echevarría publicado en el diario chileno EL Mercurio. Es una acertada crítica al mundo (casi mundillo, por lo barriobajero y chabacano en ocasiones) de los críticos literarios.

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consigna el número de ejemplares vendidos.

No sé en Chile, pero en España, de un tiempo a esta parte, los periódicos se muestran cada vez más aficionados a proponer y publicar encuestas de opinión. La tendencia es ilustrar toda suerte de noticias acompañándolas de una valoración -un porcentaje, en realidad- obtenida a partir de las respuestas de los lectores a las más variadas preguntas. En los informativos de televisión hace ya mucho que se vienen empleando los sondeos callejeros con fines parecidos. Pero la prensa gratuita y los periódicos virtuales van extremando esta tendencia, que con frecuencia incurre en extremos ridículos. Pues no sólo se recaba el juicio de los lectores sobre hechos ocurridos, sino que se les pide también que expresen desinhibidamente sus simpatías y sus manías, y que ejerciten sus dotes adivinatorias acerca de asuntos que escapan a todo análisis ("¿Cree usted que Rafael Nadal ganará este año la final de Wimbledon?").

Se transmite así la impresión de que los lectores intervienen tanto en la valoración de la actualidad como en su construcción. Se invoca con insistencia el principio de interacción, y se fomenta con énfasis una mentalidad plebiscitaria de efectos muy poco saludables, dado que refuerza, por un lado, el sentimiento de que todo es opinable, sin importar el fundamento con que se sustenta la opinión en cada caso, y mueve a pensar, por otro lado, que la razón se decanta por el lado de la mayoría, como si los de verdad u objetividad fuesen conceptos estadísticos.

Convertida ella misma en una ideología, la democracia va siendo parasitada por el mercado, que adopta sus estrategias y su lenguaje. Se diría que nadie puede tomarse en serio los resultados de una encuesta respondida voluntariamente por un determinado perfil de ciudadanos que sienten la compulsión de expresarse por cualquier motivo, a propósito de lo que sea. Se diría que a nadie se le oculta lo improcedente que es derivar un juicio cualitativo de un índice cuantitativo. Y, sin embargo, las películas se anuncian proclamando el número de espectadores que las han visto, y los editores se apresuran a reeditar las novedades de éxito con una faja en la que se consignan -a menudo con engaño- el número de ejemplares vendidos.

El mismo día que escribo este artículo, en la página de inicio del diario digital más leído de España se hace la siguiente pregunta: "¿De qué te gustaría que tratase el próximo libro de Ken Follett?". Y se explicita, a continuación: "De entre todas las ideas recibidas se seleccionarán las cinco mejores según criterios de ocurrencia y originalidad. Las ideas ganadoras serán remitidas a Ken Follet, quien firmará y dedicará su libro a cada uno de los cinco ganadores".

¿Patraña publicitaria o estrategia de marketing dirigida a fidelizar a los usuarios del diario? Cualquiera sabe. Pero entretanto, el viejo eslogan de que es el público el que tiene la última palabra (¡y la primera, oiga!) ha ido calando cada vez más hondo en la mente de los agentes culturales, a quienes cuesta cada día más distinguir de los agentes comerciales.

La reciente publicación en España de la última novela de Carlos Ruiz Zafón, El juego del ángel, ha sido tratada por la prensa cultural como un auténtico acontecimiento. A bombo y platillo se anunció que la primera tirada de una novela de un autor español alcanzaba la cifra record de un millón de ejemplares. Cuando a los pocos días aparecieron las reseñas del libro se tuvo ocasión de asistir a un espectáculo penoso que, sin embargo, es cada vez más frecuente: el del crítico temeroso del público al que se dirige, intimidado por la abrumadora legión de los lectores, acobardado por el aparato propagandístico puesto en marcha por publicitarios y periodistas, unos y otros compitiendo en su afán sensacionalista, dando por sentado que tan elevado número de consumidores no se pueden equivocar.

Hace cuarenta años, el escritor alemán Reinhard Baumgart hizo públicas una serie de provocadoras propuestas destinadas a vapulear a la crítica de su país. La más sensacional de todas ellas consistía en postular, para el reseñista de los diarios, un papel semejante al de disc-jockey en una pista de baile. Atrás va quedando, cada vez más desprestigiado -decía Baumgart-, el crítico investido de autoridad, ya sea la autoridad del académico, del policía, del aduanero o del agente de tráfico. Éste formulaba sus juicios desde el supuesto de que el público al que se dirigía estaba necesitado de orientación y de recomendaciones, cuando no directamente de instrucción. Pero entretanto, la inflación plebiscitaria ha abonado entre los lectores la convicción de ser ellos mismos peritos tan aptos como cualquiera para calibrar los méritos de un libro. Basta ver lo que ocurre muy patentemente con el fútbol o con el cine. Así las cosas, el crítico tiende a actuar como una especie de delegado de ese cuerpo general de peritos que constituye su público, ni más ni menos que como actúa un disc-jockey. El éxito de éste, como el del nuevo crítico, depende de su capacidad de sintonizar con los ocupantes de la pista, cuyas apetencias, cuyos gustos, cuyo grado de excitación o de embriaguez le corresponde a él adivinar, estimular y acompasar.

El suyo sí que es el juego del ángel. Y se juega a las puertas del Edén al que acudimos todos para bailar la misma música.

26 abril 2008

La muerte, nada más

La muerte, la obsesión y el miedo de Elias Canetti, es en El año del pensamiento mágico el tema absoluto. Joan Didion ganó con este libro de apenas 200 páginas el Pulitzer de No Ficción. Se lo merecía.

Joan Didion es escritora, al igual que su marido John. Ambos tienen una hija de unos 30 años. Son felices. Tienen dinero suficiente, sin llegar a ser ricos, una afición convertida en trabajo remunerado; han pasado por todas las crisis que tenían que pasar. Están estabilizados.

Pero un día la enfermedad llama a su puerta. Navidades de 2003. Durante la cena, John cae al suelo y muere. Nada emocionante, nada reseñable. Un infarto, y adiós.

Dos años después, Joan Didion reconstruye por escrito lo sucedido a partir de aquel día. ¿Cómo enfrentarse a la muerte?

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Página a página el lector conoce sus sensaciones y pensamientos cuando está en el hospital, cuando le preguntan si quiere una autopsia, cuando vuelve a casa y la encuentra vacía. Al mismo tiempo, la escritora rememora sus días con el marido fallecido. Conocemos así un pedacito minúsculo de la cultura de Estados Unidos; conocemos el modo de vida de los escritores (de dos de ellos, al menos): sus ritmos de escritura sus viajes, sus ingresos.

También es posible aprender alguns rudimentos de medicina. Didion lee decenas y decenas de libros sobre infartos, de manuales de intervecniones urgentes, de libros de psicología y sentimiento de duelo.

Necesita comprender lo que sucede; el único modo que conoce es leer. La lectura ha sido su guía vital, le ha dado las claves del mundo en el que vive. Quizá pueda ayudarla a entender la muerte. Por supuesto, no lo hace.

Un libro preciso, afilado y tierno al mismo tiempo. Tan bueno como mala esta reseña (es difícil escribir de lo que más te gusta, a veces; más fácil criticar)

23 abril 2008

Algunos libros buenos

Sabato - El Túnel
Kundera - La insoportable levedad del ser
García Márquez - Cien años de soledad
Saramago - Ensayo sobre la ceguera
Spilzman - El pianista
Carver - Si mme necesitas, llámame
Moix - El arpsta ciego
Chéjov - Cuentos imprescindibles
Aristaráin - Martín (Hache)
Marías - Tu rostro mañana
Méndez - Los girasoles ciegos
Bolaño - Los detectives salvajes
McCarthy - La carretera

(Nota: Aquí cito varios de los libros que, en su momento, merecieron un 10; muchos que sólo obtuvieron un 9 o un 8, merecerían estar incluidos. Es sólo una forma de seleccionar)