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28 enero 2010

Salinger el oculto ha muerto

Hace casi 3 años escribí un post sobre los llamados escritores de culto que terminaba:
Sin embargo, muchas veces los lectores nos acercamos a su obra más por curiosidad que por verdadero interés literario. Si Pynchon saliese de cuando en cuando en la televisión, si Salinger permitiese un reportaje en su granja, ¿serían tan venerados? Lo dudo.

Si bien al principio seguro que se recluyeron por motivos perfectamente razonables, ahora mantienen su anonimato a capa y espada por pura estrategia: sin él sólo serían unos escritores más, en igualdad de condiciones con el resto.
Pues eso. Y El guardián entre el centeno no es más que una novelita para adolescentes con pájaros en la cabeza.

18 mayo 2009

El funcionario poeta

Era una noticia esperada, pero igual duele. No es pena, o tal vez sí. Fue uno de los primeros.

Mario Benedetti ha muerto.

Escribo mientras suena su voz en youtube y no sé qué escribir. He leído sus poemas, he recitado y cantado sus poemas. Leí La tregua (acaso la novela más gris de toda América Latina) hace ya 10 años. No recuerdo mucho de ella. Me gustó, eso sí.



Leí en Denia Primavera con una esquina rota y me abrió los ojos a una realidad que apenas conocía. ¿Cómo se atrevieron? Mis simpatías por Amnistía internacional vienen de entonces.

Cuando pedí en mi librería de siempre un libro de cuentos me dieron La muerte y otras cuestiones. Lo he releído un buen puñado de veces, y siempre me conmociona Escuchando a Mozart.

Hace unos 20 minutos he vuelto a teclear en youtube Padrenuestro Latinoamericano. He escuchado las palabras llenas de amor y de lucha resonar en una plaza de Cuba. ¡Qué gran poema!

Entonces no sabía que había muerto.

No es pena, es rabia.

He leído 2 veces los volúmenes Cuentos Completos, editados por Alfaguara. Forma parte de mis años de universidad.

Es tarde. No sé ni qué decir.

28 abril 2009

La misión del columnista

Hoy ha muerto Javier Ortiz. Empecé a leer sus columnas en su última etapa como columnista de El Mundo. Después se pasó a Público, donde -imagino- sus ideas no eran tan estridentes.


Desde entonces lo he leído cada mañana. Sus artículos son modélicos: certeros, imaginativos, valientes. Y, por supuesto, bien escritos. No he leído ningún texto suyo redundante. Cuando todos los medios habían despellejado un tema hasta el hastío, el buscaba y encontraba un enfoque diferente. Pocos saben hacer esto.


Si en la vida real se comportaba como en sus columnas, debió de ser inaguantable. Sus textos eran en ocasiones puñetazos a la conciencia, a lo políticamente correcto, a lo asumido por todo, a los clichés. Atacaba a todos los partidos, asociaciones, políticos, periodistas... Sus discusiones con Pedro J. Ramírez debieron ser dignas de ver.


Cuando hablaba de ETA lo hacía con conocimiento de causa; un conocimiento que, a más de uno, le habrá llevado a pensar que estaba a favor de la banda. No lo creo.


Copio y pego 2 artículos que, en su día, cambiaron -aunque sea de forma leve- mi forma de ver las cosas. ¿Acaso no es esa la misión del columnista?



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La tortura y la ficción


Son ganas (y muchas) de enredar. El Parlamento vasco no ha apoyado ninguna denuncia falsa de torturas. Lo que el Parlamento vasco ha constatado, porque es así, y no tiene vuelta de hoja, es que ningún gobierno español, ni éste, ni el anterior, ni ninguno de sus antepasados, ha aceptado jamás que en algunas comisarías y cuartelillos de España se producen torturas. Y no lo ha aceptado no ya cuando lo han señalado taxativamente los informes anuales de Amnistía Internacional, poco sospechosa de connivencia con ETA, ni cuando lo ha constatado el relator de la ONU, sino ni siquiera cuando los propios tribunales españoles han pronunciado sentencias firmes contra tales o cuales policías torturadores.


No sólo los agentes condenados han sido mantenidos en su empleo y se las han arreglado para no ingresar en prisión, sino que, en algunas ocasiones y para más recochineo, han sido condecorados. O ascendidos, como Rodríguez Galindo (astuta idea de Belloch). Pasó un corto periodo entre rejas, pero ya está también en la calle.


Claman con aire ofendido nuestros gobernantes y sus acólitos que hablar de torturas es hacer el juego a ETA. En primer lugar: las denuncias de torturas no se refieren sólo a miembros de ETA. Según los informes existentes, la mayoría de los malos tratos afectan a detenidos por presuntos delitos de derecho común. En segundo término: es el encubrimiento de las torturas lo que más beneficia a ETA, porque la rabia resultante nutre sus filas.


¿Quieren acabar de raíz con estas polémicas? Lo tienen fácil. Legislen que todos los interrogatorios sean grabados en vídeo y que sólo lo grabado y firmado por el detenido pueda ser remitido al juez correspondiente.


¿No les dice nada que haya habido detenidos que se han confesado autores de crímenes que luego se ha sabido que habían sido cometidos por otros? A lo peor fueron sutilmente animados a ello. En tiempos del franquismo se decía: “Tras un hábil interrogatorio…”. Pregunten en la Audiencia Nacional: allí sí que lo saben, aunque no les guste hablar de ello.


Es todo un juego de imposturas y ficciones. Aquí hay mucha gente que engaña, pero nadie se engaña.



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Dylan, fiel a sí mismo


No sólo no acudió el viernes a Oviedo para recoger el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, sino que ni siquiera se tomó el trabajo de excusar su ausencia.


"Un maleducado", comentó uno de los organizadores. Si quieren verlo así, háganlo, pero el hecho es que Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan, no había presentado su candidatura a ese Premio, ni nadie le había preguntado si lo quería.


Lo imagino haciendo una mueca burlona al enterarse de que le habían otorgado un galardón con nombre de príncipe "por conjugar la canción y la poesía en una obra que ha creado escuela y ha determinado la educación sentimental de muchos millones de personas". Nada ha odiado tanto el inclasificable genio de Minnesota a lo largo de toda su carrera como los intentos de encasillarlo con definiciones burocráticas y envaradas como ésa.


Dylan ha sido siempre un inconformista. No sólo en su juventud. Siempre. Ahora también. El error está en confundir inconformismo y progresismo, o dar por hecho que el inconformismo va inevitablemente unido a la oposición al sistema capitalista, o a la identificación con las masas oprimidas.


Quia. El inconformismo puede tomar los más variados caminos.


Ni el Dylan joven fue un revolucionario socialista ni el Dylan adulto el meapilas reaccionario que muchos creen.


Su inconformismo -el de entonces y el de ahora- le ha llevado siempre a rebelarse, primera y principalmente, contra los intentos de etiquetarlo, de encasillarlo, de hacerlo predecible.


Pondré algunos ejemplos de su comportamiento que resultan ilustrativos.


El 13 de diciembre de 1963, en lo más dorado de su fama como cantante de protesta, una poderosa organización progresista, el Comité de Emergencia por los Derechos Civiles, le concedió el Premio Tom Payne por su contribución a la lucha contra el orden establecido. Dylan creyó que lo estaban convirtiendo en un icono dentro de un movimiento organizado, y se rebeló. A la hora de recibir el premio, espetó a los organizadores: "No me gusta su organización. No me gustan ustedes". Y se fue.


Viajemos en el tiempo hasta 1991, 28 años después. Ese año Dylan recibió un Grammy. Las principales cadenas de televisión retransmitieron el acto. El establishment norteamericano estaba henchido por entonces de fervor patriótico (deambulábamos por lo peor de la Guerra de Golfo). Pues bien: Dylan aprovechó la ocasión para cantar Masters of War, su canción más vitriólicamente antibelicista y antimilitarista. Con lo cual sembró el estupor general. Traduzco sus versos: "Venid, señores de la guerra, / los que fabricáis las armas, / los que fabricáis los bombarderos, / los que fabricáis grandes bombas, / los que os escondéis detrás de los muros, /los que os escondéis detrás de vuestros escritorios... / Espero que muráis, / que la muerte os llegue pronto. / Seguiré vuestro cortejo fúnebre / en la pálida tarde / y vigilaré mientras os bajan / a vuestro lecho de muerte, / y me quedaré de guardia sobre vuestras tumbas / hasta estar seguro de que habéis muerto."


Si hubiera lanzado un cóctel molotov contra el escenario, no la habría organizado más gorda.


Muy parecido al numerito de los Grammy fue el que les montó un año después a los Clinton (¡y a los Gore!) durante un acto en el Lincoln Memorial. Cuando se suponía que Dylan iba a agasajar al emperador y a su corte, les soltó una desmelenada versión deChimes of Freedom, canción que homenajea -cito, de pasada- "al soldado que lleva las de perder en cada noche, al refugiado en la inerme carretera de la fuga", "al rebelde, al libertino, al infortunado, al abandonado y olvidado, al marginado que arde constantemente en la pira", "a la maltratada madre soltera y a la mal llamada prostituta" y "al fuera de la ley por un delito insignificante, acosado y engañado por la persecución"... entre otros.


Cuentan las crónicas que los asistentes no se esforzaron demasiado por ocultar su disgusto. El impertinente había vuelto a las andadas.


Es cierto que acudió a presentar sus respetos a Juan Pablo II (imagino que para tocar las narices a cuantos se pensaron que sería incapaz de hacer algo así), pero no lo es menos que, cuando el show business norteamericano decidió boicotear a Sinéad O'Connor porque rompió durante una actuación pública una foto del Papa (del Papa, no del Rey) al grito de "¡Combatid al verdadero enemigo!" -lo hizo en protesta por el silencio papal tras las denuncias de abusos sexuales cometidos por sacerdotes católicos contra niños a su cargo-, Dylan invitó a la cantante irlandesa a participar en el concierto de homenaje que le montaron para celebrar sus 30 años de carrera. Lo cual desató otro escándalo de mucho cuidado.


De tener que aceptar algo parecido a una definición, supongo que no le molestaría demasiado que se le atribuyeran adjetivos tales como "iconoclasta". O "gamberro", incluso.


Un audaz reportero le preguntó hace muchos años: "¿Qué clase de canciones son las suyas?" "Pues, verá", le contestó. "Tengo canciones de tres minutos, de cinco minutos, de siete minutos y hasta de diez minutos. Le parecerá increíble, pero es así".


A Dylan le divierte chotearse de los bobos. Aunque concedan premios.

19 abril 2009

El mundo, según Ballard

No me sorprende la muerte de J.G. Ballard. Llevaba tiempo sufriendo un cáncer, eso que los periódicos llamarán “una larga enfermedad. En previsión de su cercano fin, leí a finales de 2008 un libro suyo, Fiebre de guerra. Me encantó.

Me recordó a 1984, a Un mundo feliz. Alguno de los cuentos que componían el volumen eran precisas metáforas de la vida actual; otros, podrían pasar por reportajes periodísticos. El mundo que ofrece no es agradable, pero no nos resulta extraño.



A pesar de haber escrito decenas de novelas, cuentos y unas memorias, se le recordará por El imperio del Sol (más por la película que por la novela) y por Crash (ídem).

Una pena.

05 febrero 2009

Conejo ha muerto, por fin

Hace días que tengo pendiente este post. Me obligo a escribirlo.

John Updike murió el pasado 27 de enero. La web se ha llenado de elogiosos obituarios, recuerdos enternecedores y odas al genio que, según dicen, fue. Updike significa para mí todo lo contrario.

No me gusta su nombre; no me gusta su apariencia ni sus poses (miren esta foto, en la que parece decir, "sí soy un gran escritor; me gusta mirarme al espejo cada mañana; adoro el sonido de mi voz"); no me gustan sus relatos, no me gustan sus reseñas ni sus novelas. Detesto la serie de Conejo.

Y, sin embargo, como me sucede con todo escritor, en cierto modo sentí su pérdida.

Intenté hace años leer Parejas y El Centauro. No terminé ninguna. Traté de leer Corre Conejo 3 veces en español; fue en vano. Por una de esas cosas que hago sin pensar, me compré las 4 novelas en un solo volumen, y en inglés. La edición es muy bonita. Acabé la primera parte sólo por practicar el idioma.

Lo han comparado con Roth, con Mailer; la única coincidencia es que los 3 son estadounidenses.


En fin, uno menos.

25 diciembre 2008

Pintereano

Harold Pinter ha muerto. No es noticia. Ya no. Los informativos han hablado de su muerte y han mostrado imágenes de octubre de 2005, cuando recibió el premio Nobel. Los periódicos tienen listas sus columnas de opinión para mañana; algunos las han colgado en la web. Los bloggers han dicho ya su palabra al respecto.

¿Qué falta entonces? El ciclo se ha cumplido. Alguien muere. Una agencia da la noticia. Los medios rastrean su hemeroteca y pulican lo que tienen. Algún supuesto amigo del finado habla sobre él: "yo lo conocí en tal ocasión... Me ayudó mucho". Otro supueso experto en la materia analiza su legado, importantísimo, por supuesto. Al poco tiempo se le homenajea en un parque, un auditorio, un teatro. Después, queda archivado.

Yo también he participado en este grotesco ciclo/circo. Esta vez no quiero. (¿Pero acaso este pots no es mi particular eslabón en la cadena?)

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Sólo he leído una obra de Harold Pinter, El amante. No me gustó, no la entendí. Antes de Nobel no lo conocía, y después tampoco he profundizado (como sí he hecho con Coetzee o Saramago).

Mañana, sin embargo, me compraré uno de los volúmenes que Losada ha editado de sus obras teatrales. Me temo que será una pérdida de dinero, tengo la triste certeza de que esta vez tampoco entenderé su teatro. Algunas de sus obras más políticas no están traducidas al epañol, y no me apetece comprarlas en inglés.

Para mí su mejor texto fue publicado en diciembre de 2005. Debía pronunciarlo ante un puñado de distinguibles señores y respetables señoras. El cáncer se lo impidió. Reacio a tener que callar, salió de la UCI durante unas horas, y sin levantarse de la silla de ruedas, grabó en un vídeo su discurso. Quizá el mejor discurso de aceptación del Nobel que se haya leído. En cualquier caso, el que más ruido hizo.

Su ronca voz suena mientras escribo estas líneas. A quien le interese, aquí lo cuelgo, subtitulado al español. Y quien prefiera leerlo, puede hacerlo aquí.


15 septiembre 2008

Un escritor menos

Otro escritor muerto. Este no me ha dolido mucho, debo confesarlo. Sin embargo...

Supe de David Foster Wallace cuando llegó a España la ola de la Next Generation. Tuve curiosidad por leer a los autores que la integraban. Conocía a los escritores estadounidenses del periodo de entreguerras y de los años 50. Para mí eran el último eslabón de una saga.

Por supuesto, me decepcionaron profundamente.

Ni Foster Wallace, ni Palahniuk, ni Chabon, ni Lethem, ni Sedaris me gustaron. Eran "posmodernistas": escritores que bebían del pop, de la televisión, de internet, del cómic. A todo le daban una vuelta de tuerca que nunca he llegado a apreciar (ya no lo haré).

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Compré La broma infinita y la devolví apenas leídas 15 páginas. Si hubiera estado escrita en japonés no habría entendido menos.

Hace un par de veranos di una última oportunidad a Foster Wallace. Un amigo hablaba maravillas de su libro de reportajes y ensayos Hablemos de langostas. Lo leí y no me disgustó del todo. El texto sobre los atentados del 11S me parece magnífico. No es un reportaje: es el mejor análisis sobre cómo la sociedad media estadounidense percibió el ataque a las Torres Gemelas. merece la pena leerlo. El resto no me dijo nada. No fui capaz de terminar el tan comentado artículo sobre la campaña de John McCain, a pesar de que algunos fragmentos eran muy buenos.

Pese a todo, es un escritor menos.

20 agosto 2008

Muertes lejanas

Ya me ha sucedido 2 veces, y empieza a asustarme. En el año 2005 estuve unos días sin conexión a internet, mi principal fuente de información. A la vuelta a la normalidad, descubrí por azar que Guillermo Cabrera Infante había fallecido. Sin haberlo leído, conociá a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; había intentado adentrarme sin éxito en uno de sus libros más afamados, La Habana para un infante difunto; había leído sobre él; había leído un libro de relatos que me fascinó por el lenguaje, aunque no por el contenido, si bien en un principoi me disgustaba que estuviese en contra del castrismo -ingenuo de mí- había terminado por estar de acuerdo con sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Ahora he estado de viaje, sin internet, sin prensa y casi sin televisión; esta tarde he dado una vuelta por varios suplementos literarios extranjeros y me he topado con la muerte de Alexander Solzhenitsyn. Las similitudes en ambos casos son interesantes. Sin haberlo leído, conozco a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; he intentado adentrarme, sin éxito, en su más afamado libro, Archipiélago Gulag; he leído sobre él; si bien en un principio me disgustaba que estuviese en contra del comunismo soviético -ingenuo de mí- he terminado por estar de acuerdo con muchas de sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Solzhenitsyn

Quizá sea el momento de ponerse a ello. De leerlos a los dos en serio. De mi viaje a Cuba vengo cargado de libros y ganas de leer autores cubanos: Lezama Lima, Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier; no puede faltar Cabrera Infante. Del lado ruso, tengo pendiente la lectura de una biografía de Stalin, pensaba después afrontar los 3 volúmenes del Archipiélago (tan apetecibles en la nueva edición de Tusquets); quizá invierta el orden (aunque en esto de la lectura, el orden de los factores sí afecta al producto).

En cualquier caso, me ha entristecido su muerte, como lo hacen los fallecimientos de todos los escritores, conocidos o por conocer (aún recuerdo con precisión el día que murió Roberto Bolaño). Me gusta leer y reler las necrológicas, ver los albumes de fotos que preparan los diarios digitales; escuchar, cuando podía, las palabras que quería dejar para la posteridad, grabadas en el programa epílogo. Asstir, de alguna manera, a su entierro. Y no he podido hacerlo. Su muerte, así, queda aún más lejana.

Un día tengo que hablar de todo esto. Mientras, creo que añana compraré un par de libros. De alguna ridícula forma, creo que se lo debo.

13 enero 2008

Ángel González

Nunca he sido un buen lector de poesía. Me temo que apenas profundicé más allá de los poetas aprendidos en la escuela (ésos nunca se olvidan). Ángel González no entraba en el temario.

En las recopilaciones de poesía que tengo en mi biblioteca aparece su nombre. Pero no conseguí conectar con él. Sólo tengo marcado uno de su poemas; algo me sugeriría entonces. Lo leo y recuerdo la razón. También me recuerdo más joven y menos cínico que ahora.

Aquí lo copio.

Me basta así


Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,

si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo, mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -luego- callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta.)