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06 enero 2009

La guerra del frío

La suspensión del suministro de gas ruso a Ucrania no es un problema menor o local. Es una velada amenaza a Europa. Bulgaria, Rumanía, Polonia y Hungría ha comenzado a sentir fallos en el suministro energético. Por ahora, el nuevo presidente de la Unión, el checo Vaclav Klaus, ha dicho que es un conflicto bilateral; pero ha convocado una reunión en Bruselas, y hace bien.

Europa compra casi la mitad del gas a Rusia a través de la estatal Gazprom, la mayor empresa mundial del sector. Y el 80 por ciento de la energía que llega a países como Alemania, Italia o Francia pasa por Ucrania. Esta dependencia es, cuando menos, preocupante. Más aún si se nos detenemos a pensar qué es realmente Gazprom y quién la controla.

GAZPROM
Enlace

El Estado ruso tiene, en palabras de Vladimir Putin, el "control directo" sobre la gasista, cuya importancia para Rusia califica de "estratégica". El actual presidente de Rusia, Dmitri Medvédev, ha encabezado su consejo de directores durante los últimos ocho años. Medvédev no se presentó a las elecciones: fue Vladimir Putin quien lo designó sucesor. Un año antes había pedido a Viktor Zubkov que fuera primer ministro; cuando Putin ocupó su lugar en mayo, éste se convirtió en presidente del directorio de Gazprom.


La Duma, en la que es mayoría el partido que ocupa el Kremlin, aprobó hace 2 años una ley que otorgaba a Gazprom la exclusividad de exportar gas, convirtiéndose así en un monopolio. En 2001 el consorcio tomó el control de NTV, la única televisión independiente. Desde entonces, su política editorial ha cambiado de forma drástica. En 2005 el que fuera el hombre más rico de Rusia, Mijaíl Jodorkovski, fue condenado a 9 años de prisión por evasión de impuestos. Su empresa, la petrolera Yukos, fue desmantelada y subastada. La mayor parte de sus activos fueron a parar a Gazprom.

A la luz de estos datos, el semanario The Economist afirmó que Gazprom “no es una empresa normal, es el arma económica de un poderoso Estado con un interés declarado de enfrentarse a Occidente". Para el autor del articulo, Rusia ha cambiado los “tanques, submarinos y misiles” de la Guerra Fría por “bancos y oleoductos”. La opinión imperante en Rusia es muy diferente. Según el profesor de relaciones internacionales Alexei Pushkov Gazprom no es más que “un instrumento de la política exterior rusa”. Y el actual primer ministro, Vladimir Putin, ha calificado a la gasista de “garante de la estabilidad energética mundial".

Hasta ahora, Europa tenía otras alternativas a Gazprom. De hecho, importaba gas de Noruega y Argelia. Sin embargo, esta situación podría estar a punto de cambiar. El pasado día 23, los principales exportadores de gas acordaron crear una organización similar a la OPEP. La amenaza de un precio fijo pactado entre productores no puede descartarse. El propio Vladimir Putin lo advirtió: “La era del gas barato está llegando a su fin”.

gazprom_tank

Ahora le toca mover ficha a la Unión Europea. Debe mostrar claramente su postura. ¿Está a favor de la libertad de comercio y en contra de las presiones del Kremlin o cerrará los ojos a la espera de que escampe el temporal? Su decisión no puede demorarse, Ucrania está en apuros. Si su presidente, Víktor Yúschenko, no cede al chantaje de Gazprom, miles de europeos podrían sufrir los rigores del inverno. Si lo hace, el Kremlin habrá demostrado su fuerza una vez más. Y sin disparar un tiro.

24 junio 2008

Ocho años de miedo

La última gira europea de George Bush cierra una etapa realmente amarga. Ocho años en los que el mundo, y en especial Estados Unidos, ha cambiado a peor. Es imposible detallar esta involución de la democracia en unas líneas. Quien mejor ha expresado la situación es el escritor y ensayista estadounidense Gore Vidal. “Vivimos en un país que da miedo. Hemos dejado atrás la república y hemos renunciado a la Carta Magna. Vamos a tardar 100 años en reparar todo el mal”.

Tampoco Europa está mucho mejor. Al margen de la crisis de identidad que el referéndum de Irlanda ha creado, en líneas generales hemos dado varios pasos atrás en materia de libertades y derechos civiles. Hace 2 semanas, Inglaterra, emblema el liberalismo y el progreso europeo, aprobó una ley que extiende el periodo de detención a sospechosos de terrorismo de 28 a 42 días. Es decir, cualquier persona puede ser arrestada al salir de su casa y permanecer detenida durante 42 días. Sin ninguna explicación, sin contacto con el exterior y sin asistencia jurídica.

Es sólo un ejemplo de cómo la histeria creada después de los atentados de 11 de septiembre ha erosionado los logros de la democracia en Europa. Pero podríamos hablar del elevado número de cámaras que vigilan los pasos de los ingleses por la calle, de las extremas medidas de seguridad en los aeropuertos, de la autocensura en todo lo tocante al Islam, de los vuelos de la CIA con personas detenidas de forma ilegal que repostaban en bases europeas…

Por supuesto, no hay que olvidar Guantánamo. La mera existencia de este campo de concentración basta para invalidar toda la Administración Bush. El Tribunal Supremo dictaminó hace poco que las personas allí encerradas tienen derechos amparados por la Constitución. Un revés dado por la única institución que ha plantado cara de forma seria a esta ignominia. El gobierno aceptó el rapapolvo, pero, fiel a su estilo, no va a cambiar sus planes. Ahora hay 5 personas sentadas ante un tribunal militar acusadas de planear los atentados de Nueva York; por lo menos una de ellas ha sido sometida a tortura, según ha admitido la propia CIA. Los juicios, a pesar de la sentencia, no se van a detener. Es la demostración fehaciente de que el actual gobierno estadounidense no siente respeto ni por el Tribunal Supremo.

En noviembre habrá relevo en la Casa Blanca. Buena parte del mundo –al cabo, las elecciones de Estados Unidos afectan al planeta entero– se pregunta quién ganará, si Obama o McCain, y si cambiará en algo la situación. Ambos candidatos han expresado su propósito de cerrar Guantánamo, un anuncio positivo y esperanzador. Es deseable que no sea ésta la única diferencia con la actual administración. La relación con España –prácticamente rota desde la retirada de las tropas de Irak–, la actitud benevolente hacia la política israelí o la escasa implicación en la lucha contra el cambio climático son algunos de los comportamientos que, a juicio de muchos, deberían mejorar.

A la espera de las elecciones, sólo queda despedir a George Bush como se merece, con alivio.

15 febrero 2008

Hablando del rey de Roma

“Hasta ahora, hermanos míos, hemos laborado por nuestra religión con la cruz y el breviario, pero ha llegado el momento del revólver y el fusil”. Esta orden, escrita en una hoja episcopal por el Arzobispo de Sarajevo durante la Segunda Guerra Mundial, es la idea en torno a la que gira La Puta de Babilonia. Fernando Vallejo (Medellín, 1942) muestra cómo se ha mantenido la Iglesia Católica durante 1700 años. Para el autor, la clave es “estar siempre con el vencedor”.

Fernando Vallejo

El título no es provocador, así llamaban a la Iglesia los albigenses y así la llama Vallejo a lo largo del ensayo: la Puta. Buena parte del libro está dedicado a detallar las atrocidades que la Iglesia Católica perpetró para acabar con todo indicio de herejía en su seno (cruzadas, quema de brujas y científicos, autos de fe). Fernando Vallejo critica ferozmente el comportamiento indigno y delictivo de muchos papas, la tradicional misoginia de la Iglesia, el maltrato a los animales, los abusos sexuales, el origen de la Biblia o la historicidad de Jesús.

Sus dardos no está dirigidos exclusivamente a Roma. Sobre el Islamismo escribe apenas 50 páginas, pero califica a Mahoma de “taimado, lujurioso, sanguinario, un bellaco de calibre mayor infinitamente más dañino que veinte Cristos”.

Vallejo utiliza una exhaustiva documentación y un furibundo sentido del humor, dos herramientas que combinadas dan a este libro una frescura de la que pocos ensayos gozan y una legitimidad de la que carecen muchos panfletos anticlericales.

(Reseña escrita en diciembre para el suplemento Artes y Letras)

10 enero 2008

Mailer se pierde en el bosque

Después de escribir sobre los grandes mitos de Estados Unidos –Marilyn Monroe, Muhammad Ali o Lee Harvey Oswald– Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923 – Nueva York, 2007) se atrevió a los 82 años a escribir una peculiar biografía de Adolf Hitler, mito europeo por excelencia.

Como el escritor eficaz que era, Mailer leyó decenas de volúmenes sobre cualquier aspecto que tuviera una mínima conexión con el tema: La lucha por el poder, de Goebbles, El ser y el tiempo, de Heidegger, Doktor Faustus de Thomas Mann o La vida de las abejas, de Maeterlinck. Una vez hechos los deberes, Mailer escribió El castillo en el bosque, que no es no una nueva biografía del dictador, sino una novela. Su reciente fallecimiento puede inducir a tomarla como una suerte de testamento literario. Sería un error.

Un oficial de las SS llamado Dieter, que luego se revelará como un agente de Diablo, narra con todo lujo de detalles los primeros años de la vida de Adolf Hitler. Si bien en las primeras páginas parece que el impulsor del Holocausto pudiera tener antecedentes judíos, la realidad es que su nacimiento es producto de una serie de relaciones incestuosas. Así, su padre Alois es al mismo tiempo el padre de Klara, su madre.

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Pese a ser una novela sobre Adolf Hitler, la mayor parte del libro está dedicada a Alois, un bebedor con delirios de grandeza que maltrata a su familia. Mailer detalla sus devaneos sexuales, sus pensamientos sobre su mujer y sus hijos, sus hondos sentimientos hacia el emperador, sus aspiraciones vitales frustradas. Sólo al final, tras la muerte del padre, la figura de Adolf comienza a cobrar importancia. Pero es tarde. Mailer había previsto redactar como mínimo otro volumen sobre la vida del dictador. Es de suponer que en él concedería más importancia al personaje. Por ahora El castillo en el bosque parece más una novela sobre la familia Hitler que una novela sobre Adolf Hitler.

Pero lo que la hace difícil de tomar en serio es la inclusión de un demonio como narrador. Una vez desvelada su identidad, Dieter interrumpe con frecuencia el relato para describir a los lectores cómo son las relaciones entre Dios (llamado Dummkopf, “estúpido”) y el Diablo (el Maestro), entre los demonios y los ángeles (denominados Cachiporras) y su eterna batalla por reclutar seres humanos.

Un ejemplo de esta peculiar cosmogonía. El narrador comete la osadía de hablar de su trabajo, rompiendo así la omertà y poniendo en peligro incluso su vida. Si el Maestro se entera, reflexiona Dieter, sólo tendrá dos opciones: morir o pasarse al otro bando. Para evitarlo, escribe esta novela en papel, pues su jefe prefiere las nuevas tecnologías.

Es tentador leer la novela en clave histórica, especulando sobre qué suceso cardinal de la infancia de Adolf Hitler marcará el destino de Europa. Es inútil, el propio narrador admite que las cosas no son tan sencillas. Sin apellido ni diablo, El castillo en el bosque es la crónica de una familia asediada por el incesto, la enfermedad, la bebida y la violencia. Sin apellido ni diablo, El castillo en el bosque podría haber sido una buena novela.


(Reseña aparecida en el suplemento Artes y Letras el 10 de enero de 2008)

05 enero 2008

Comienza el juego

¿Quién será el próximo presidente de Estados Unidos? Aún es pronto para saberlo. La cadena de elecciones internas de la que saldrán los candidatos no ha hecho más que empezar.

Anteayer se celebraron los caucus de Iowa. El pistoletazo de salida. Un Estado pequeño, frío y conservador acapara la atención mundial. Los ganadores han sido Barack Obama por el Partido Demócrata y Mike Huckabee por el republicano.

La sorpresa de la noche se le debió llevar Hillary Clinton, que quedó en tercer lugar. Con todas las encuestas a su favor, después de gastarse 6'5 millones de dólares en publicidad (sólo en Iowa) no ha logrado ni el 30% de los votos. El tercero en discordia es John Edwards, candidato a vicepresidente en 2004 con John Kerry. A pesar de que pocos medios en España lo nombran (prefieren ver la batalla deócrata como un extraño cara a cara entre un negro y una mujer) ha conseguido un punto más que la senadora; y lo ha hecho con menos dinero, menos publicidad y menos caras conocidas (Hillary tenía a su lado a su marido Bill y su hija Chelsea).

En cuanto a la derecha, no hay que precipitarse... No es probable que Huckabee sea el ganador final. Un perfil escueto lo define como pastor evangélico situado a la derecha de George Bush; en una reciente aparición televisiva se le pudo ver tocando a guitarra eléctrica y en el discurso de victoria tenía a su lado al actor Chuck Norris. Ejem. Rudolph Giuliani no ha participado en esta elección. Sabía que iba a perder de goleada. Su mejor baza se encuentra en los grandes estados. Veremos quién gana en California o Florida. El pastor mormón Mitt Romney ha quedado en segundo lugar y a la cola están John McCain (un senador con cara de actor cómico que aboga por mantener 100 años las tropas en en Irak) y Fred Thompson, ex senador y actor de la serie Ley y Orden.



HillaryObamaEdwards


Si tuviera que apostar por dos candidatos, lo haría por Obama y por Giuliani. Hillary Clinton es demasiado conocida, tien demasiado dinero y ya disfrutó del poder. Las que podrían ser sus mejores cualidades se convierten en sus puntos flacos. Y es que todo país necesita un cambio cada cierto tiempo. Eso es lo que ofrecen Edwards y Obama. El primero dijo en su discurso de Iowa: “The status quo lost and change won”. El estatus quo ha perdido y el cambio ha ganado. No se refería tanto a sí mismo como a sus contrincantes. El status quo es Hillary Clinton, lo viejo, lo de siempre. Niña de buena familia y con dinero llega a lo más alto. Lo nuevo es Obama, un negro cuyo padre es proviene de Kenia y que partió de la nada, que se ha trabajado el camino para llegar donde está. El novedoso Obama representa, curiosamente, el mito más antiguo de Estados Unidos: el hombre hecho a sí mismo, que logra sus deseos en el país de las oportunidades, en la tierra de la esperanza y los sueños.



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En cuanto a Huckabee, me temo que no tardará en ser desbancado. Los republicanos están en desventaja. Ocho años en el gobierno les han quemado y la población y los medios sólo tienen críticas hacia Bush. Si quieren ganar, necesitan un anti-Bush, (o al menos alguien que no recuerde al presidente). Un pastor más a la derecha que Bush no es la solución. Tampoco creo que la sea McCain, con sus ya señaladas propuestas bélicas. La batalla será entre Mitt Romney, el pastor mormón, y Rudolph Giuliani. Este último gozó de la simpatía general hace unos meses y ahora está de capa caída, pero tiene a su favor el dinero, la popularidad y la experiencia. Lo que en Hillary es perjudicial puede ser positivo en el ex alcalde de Nueva York. Si bien muchos criticaron su actuación, en e imaginario colectivo siempre será el alcalde que defendió la ciudad en el 11S de los islamistas. A medida que avancen las primarias, a medida que Obama gane fuerza, los republicanos tendrán que decidirse por alguien capaz de enfrentarse al “nuevo”. Y ése será Giuliani.

Pero quizá todo esto sólo sean predicciones de un bloguero metido a profeta. Bill Clinton perdió en Iowa y luego ganó la Casa Blanca. Puede que su mujer repita la historia. Lo ha dicho el propio presidente (una de las pocas frases sensatas, y ciertas, que le he oído): Iowa es sólo es principio.

14 diciembre 2007

Ceder a la tentación

Más de sesenta años ha tardado en ver la luz El ardor de la sangre. Irène Némirovsky (Kiev, 1903 – Auschwitz, 1942) escribió esta novela un año antes de su muerte, y pidió a su editor que la guardase. Tan bien cumplió su cometido que sólo gracias a las investigaciones de los biógrafos de la escritora podemos ahora disfrutar de su lectura.

En una región francesa donde nunca sucede nada, en la que el tiempo parece haberse detenido y sus habitantes sólo buscan vivir en calma, una tragedia desenterrará secretos del pasado. Con este sencillo y manido argumento Némirovsky crea en apenas 160 páginas –epílogo incluido– una novela en la que el amor, la soledad o los impulsos de la carne son tratados con elegancia y delicadeza.

Némirovsky

El protagonista es Silvio, un viejo que vive recluido en su casa y disfruta de la soledad, una soledad según él merecida. En su juventud huyó de su tierra y su gente, viajó, amó y disfrutó de la vida. “Hay gente que es tremendamente sensata a los veinte años –dice–. Pero yo prefiero toda mi locura osada a su sabiduría”. El "ardor de la sangre", expresión repetida a lo largo de la novela, le llevó a quebrar algunas reglas; pero también fue lo mejor que le pasó en la vida. Lo mismo puede decirse del resto de personajes; sus vidas sólo cobran sentido al ceder a los impulsos.

Antes de redactar la novela, Némirovsky temía no definir bien a los personajes. Se equivocaba. No sólo ellos aparecen cercanos, sino también el campo francés, un lugar en el que “la gente vive metida en casa, encerrada en su propiedad, desconfía del vecino, recoge su trigo, cuenta su dinero y no se ocupa de nada más”. Una vez que el lector entra en este mundo, comprende y perdona todos los errores que el ardor de la sangre hace cometer a los personajes.

(Reseña aparecida en el suplemento Artes y Letras el 12 de diciembre de 2007)

14 noviembre 2007

Ovejas negras

En las últimas semanas, los ciudadanos hemos sido testigos de lo que algunos medios de comunicación consideran una “ola de violencia racista”. Las patadas a una joven en el metro de Barcelona, la paliza a un colombiano en Madrid y la manfestación xenófoba organizada por el partido ultraderechista Democracia Nacional del pasado domingo –que se saldó con un muerto– pueden inducir a pensar que “algo está pasando”.

Sin embargo, es de temer que estos actos no sean tan inusuales como se piensa. Si ninguna cámara hubiera grabado al energúmeno que pegaba patadas a una joven al tiempo que hablaba con el móvil posiblemente no nos habríamos enterado de la agresión. Apenas unas semanas más tarde, un colombiano era apaleado al grito de “Viva España”; fue la reacción de los medios ante lo sucedido en el metro lo que le animó a denunciar a sus agresores. La presencia de una cámara de videovigilancia ha abierto el debate: pero sin esa cámara los actos xenófobos también habrían existido.

Mal que nos pese, la xenofobia (el miedo al extranjero) es una reacción natural, una forma ancestral de supervivencia. El problema es que en pleno siglo XXI aún hay quienes la practican.


Todos aquellos que sostienen que la inmigración sólo trae delincuencia, que los extranjeros roban el trabajo a los españoles, que bajan el nivel de exigencia en las escuelas y demás tópicos deberían ver una película llamada “Un franco, catorce pesetas”. Quizá así recordaran –o aprendieran– que no hace mucho éramos los españoles los que teníamos que buscarnos la vida fuera de nuestras fronteras.

De acuerdo con el Instituto Español de Emigración un millón de españoles emigraron a otras naciones entre 1959 y 1973. Habrá quien opine que entonces iban a Alemania o Suiza con contratos de trabajo; no es del todo cierto: también había muchos que entraban como turistas y se quedaban durante años.

En Suiza, los españoles encontraron trabajo en actividades como la construcción, y sus hijos con frecuencia recibían educación en escuelas dedicadas a menores con dificultades de aprendizaje, pues la diferencia lingüística y la brecha cultural complicaban la integración. Cambiemos los tiempos y los países y tendremos un resumen de la situacón actual.

Cada vez que alguien dice que los inmigrantes quitan el trabajo a los españoles, pienso en el tipo de trabajo que “nos roban”: albañiles, basureros, teleoperadores... En las obras de las carreteras, cada vez hay más trabajadores del mismo color de piel que el alquitrán. El encargado, eso sí, suele tener otro color.

Me pregunto cuántos profesores, médicos, abogados, ingenieros o periodistas proceden de Marruecos, de Colombia, de Rumanía. Me temo que no muchos. ¿Y cuántos directivos de empresas son inmigrantes? Alguno hay, aunque no solemos llamarlos así: un alemán no es un inmigrante, un estadounidense no es un inmigrante.

Democracia Nacional utiliza una campaña publicitaria en la que se ven tres ovejas blancas y una negra, que recibe una patada de su compañera. El lema es: “Compórtate o lárgate”. Lo que no entienden estos racistas es que en la actualidad ellos son la oveja negra.

02 noviembre 2007

Los tiempos están cambiando

Un fantasma recorre España. El republicanismo, un sentimiento que muchos creían muerto, ha resucitado en los últimos meses. Y lo ha hecho de la peor forma posible, como sólo saben hacerlo los fantasmas: asustando al personal.

La quema de fotografías de los Reyes en Gerona, los gritos en la apertura del curso en Oviedo, la petición de los partidos catalanes de que el Rey abandone la Jefatura de las Fuerzas Armadas y las mociones de ayuntamientos andaluces a favor de la III República no deben ser tomadas a la ligera. No son simples salidas de tono; quizá sean síntomas de que algo está cambiando.

La primera señal fue la conocida portada de El Jueves. Lo destacable del asunto no fue la viñeta en sí, sino la respuesta de la sociedad frente a la actuación judicial. Una recopilación de los artículos en prensa y comentarios en blogs durante esas semanas revelaría que el apoyo a los dibujantes fue mayor del que podría haberse esperado. La tradicional inmunidad de la que la monarquía había gozado quedaba gravemente dañada.

Hasta ahora los medios más importantes se abstenían de publicar críticas serias a la monarquía; tras la portada, quedan pocas dudas de que no tardarán en aparecer.

(Excluyo de este comentario a los mal llamados programas del corazón, que desde hace tiempo banalizan toda información sobre la Familia Real. Para ellos el Príncipe de Asturias es solamente Felipe y la Princesa de Asturias, Letizia; y las posibles desavenencias entre los Duques de Lugo reciben un tratamiento similar a las peleas entre los “famosos”. Esperemos que no se alcancen los extremos que se dan en Inglaterra)

Así, quizá no sea arriesgado pensar que los últimos sucesos no sólo muestran que el tema tabú por antonomasia en España ya no lo es tanto, sino que constituyen la punta del iceberg de un sentimiento cada vez más extendido.

Se ha repetido muchas veces que los españoles no son monárquicos, sino juancarlistas. Esto puede ser cierto para aquellos que vivieron parte del franquismo y la transición. El Rey se convirtió en el garante de Estado de Derecho en un tiempo en que había quienes pretendían destruirlo. Pero esos años ya pasaron. Si bien no existe un fuerte rechazo a la monarquía –de hecho, el Rey y el Príncipe obtuvieron las mejores valoraciones en una reciente encuesta–, una parte de los españoles puede que se muestre contraria a que la Jefatura del Estado recaiga en una persona no elegida dramáticamente.

Ningún gobierno en su sano juicio iniciaría un debate sobre la Monarquía a cinco meses de las elecciones. Pero también sería insensato intentar tapar los últimos sucesos y no pensar en el futuro, en el día en que el Rey fallezca. La clase política debería preguntarse cuántos verdaderos monárquicos hay en España.

La sociedad española tiene un debate pendiente. Un debate que, esto debe quedar claro, ha de discutirse en los medios de comunicación y en el parlamento. Sin gritos, sin insultos, sin violencia. Como se hacen las cosas en democracia.

21 agosto 2007

¿Es Bush un neocon?

Francis Fukuyama predijo “el fin de la historia” poco después de la caída del comunismo. Se acabaron las luchas de clases, la evolución política: era el momento de la Economía. Aquellos países anclados en peleas religiosas o nacionalistas vivían en la historia; Estados Unidos en la posthistoria: todos los países que buscasen su realización debían seguirlo.

Quince años después, parece que hasta el Imperio ha dado un paso atrás en su evolución.


Pero no es este supuesto “fin de la historia” el tema central de América en la encrucijada. Lo capital de este libro es la crítica que Fukuyama hace al neoconservadurismo estadounidense y a la administración Bush por su gestión de la política exterior tras el 11 S (una administración compuesta principalmente por neoconservadores). Esta crítica es aún más importante por venir de uno de los pensadores señeros que el neoconservadurismo tiene. Aunque quizá debería decir “tenía”, pues Fukuyama ha llegado a afirmar: “El neoconservadurismo ha evolucionado en algo que yo ya no puedo apoyar”.

La pregunta es, ¿ha cambiado Fukuyama o lo han hecho los neocons? Para el autor han sido los segundos los que no han sabido aplicar los rasgos básicos del neoconservadurismo. Uno de sus pilares es el rechazo a la ingeniería social, es decir, a pretender arreglar el mundo como si de un puzzle se tratase. Y eso es precisamente lo que Bush ha intentado hacer.


La invasión de Irak no era la solución al conflicto en Oriente Próximo. La guerra contra el terror no es la tercera guerra mundial. La administración Bush no debería plantear la situación de tal modo. Lo único que consigue es aumentar el número de antiamericanos. Según Fukuyama los terroristas que pueden hacer daño a Europa y Estados Unidos (supongo que por extensión también se referirá con esto a Japón, América Latina, Rusia, etc), no viajan desde Jordania para poner bombas: viven en Occidente, son inmigrantes de segunda generación frustrados. Sólo con una política cultural y social cuidada podremos evitar nuevos atentados como los de Madrid o Londres.

Fukuyama analiza la relación de Estados Unidos con las organizaciones Internacionales. Como neoconservador, confía muy poco en instituciones como la ONU o la OTAN, pero advierte que Europa sí confía en ellas y estados unidos no puede despreciarlas sin más. Máxime cuando sí las utiliza si apoyan sus propuestas (guerra de los Balcanes). Frente al gobierno total al que aspiran organizaciones como la ONU, Fukuyama propone una suerte de multi-multilaterismo: una serie de organizaciones entrecruzadas que intenten regular los aspectos de la vida actual; estas organizaciones serían mucho más eficaces que las actuales mediante una menor burocratización y una mayor flexibilidad e informalidad. Pone como ejemplo al organismo regulador de los dominios web, un ente nacido sin pretensiones ni grandes tratados entre naciones que realiza su tarea de forma medianamente eficaz.

La tesis final del libro es la mayor utilización del poder blando. Frente a los embargos y ataques, suele funcionar mejor la ayuda económica, la “invasión” cultural, los apoyos la sociedad civil... Es así como, según el autor, triunfó la democracia en muchos países de Europa del Este, y como se han sucedido las revoluciones de Ucrania y Georgia en los últimos tiempos.

Para terminar, debo admitir que fui reticente a leer este libro. El nombre de su autor era ya una barrera poderosa que me impedía acercare a él con neutralidad. Al final, el estar escrito por quien está escrito, hacen de este ensayo un texto importante en el mundo de hoy. Sigue siendo un ensayo escrito por un neoconservador (o como quiera definirse ahora Fukuyama), pero contiene 3 o 4 buenas ideas.

Ojalá los políticos y estrategas que en 2008 se hagan cargo del gobierno estadounidense lo lean con atención y practiquen alguna de las ideas en él expuestas, pues a los que ahora ocupan el puesto los doy por perdidos.

(Sólo una pega: ¿por qué siempre dicen América cuando se refieren a Estados Unidos?)

23 julio 2007

Cuatro años sin el detective salvaje

El pasado domingo 15 de julio se cumplía el cuarto aniversario de la muerte del último gran escritor latinoamericano. Descendiente de Borges, pero también de Phlilip K Dick y de las películas de serie Z, Roberto Bolaño consiguió insuflar de nuevos aires a la marchita narrativa del Nuevo Mundo.

Nació en Chile y murió en Barcelona; entre estas dos fechas median sólo 50 años. Hasta vivir de la literatura no tuvo más remedio que trabajar en los más diversos oficios (recepcionista, basurero, guarda de camping) par
a permitirse unas horas en las que escribir sus alucinantes poemas. Él mismo dirá en una entrevista: “Todo para ser hoy un escritor disciplinado, convencido de que lo más importante para escribir es tener paciencia, mucha paciencia”.

No le faltó. Hay que ser muy paciente y estar muy se
guro de su propia valía para no rendirse y dedicarse a algo más productivo que la literatura. Bolaño no sólo estaba convencido de ser escritor, se sabía un gran escritor.


Pero aún faltaba para que el resto del mundo se d
iese cuenta de quién era este chileno que vivía en un pueblo de la costa mediterránea. Los primeros que atisbaron su capacidad literaria fueron los jurados de pequeños certámenes municipales que premiaban una y otra vez sus cuentos, sin saber que eran los mismos pero con diferente título. Poco después llegó una novela de extraño nombre. La literatura nazi en América. En ella, Bolaño relataba con humor las biografías ficticias de más de una decena de escritores nazis a lo largo de todo el continente. Vendió pocos ejemplares, pero sirvió para que el editor Jorge Herralde se fijase en él.


En 1998 publicó Los detectives salvajes. Con ella ganó el premio Herralde y el Rómulo Gallegos, galardón que antes habían obtenido, entre otros, Gabriel García Márquez y Javier Marías. La novela tiene más de 600 páginas y cuenta la historia de un par de jóvenes poetas que recorren medio mundo en busca de una misteriosa poetisa. Como en todas las grandes novelas, y ésta lo es, no importa el argumento; aquí lo atractivo es su estructura caleidoscópica, pequeñas piezas más o menos ordenadas que sólo al final adquieren sentido, y
su estilo hipnótico, un lenguaje que hace imposible detener la lectura.

Fue el principio del éxito; éxito relativo, pues para muchos seguía siendo un escritor que sólo escribía para escritores. En realidad, toda su narrativa es, en el buen sentido de la expresión, autobiográfica: quien lea sus novelas podrá trazar un mapa vital de Roberto Bolaño bastante preciso.


Cinco años después su hígado falló y comenzó la leyenda. Se rumoreaba que quedaba una novela sin publicar. Su novela definitiva. Más de mil páginas repartidas en cinco nouvelles que debían ser leídas de una sola vez. Efectivamente, un año después de su muerte, Anagrama publica 2666. Tras su lectura, el respeto que lectores y críticos sentían hacia Bolaño se convirtió en veneración.


La narrativa de Roberto Bolaño se ha ido construyendo a sí misma hasta formar un mosaico en el que los personajes se cruzan y las historias se cuentan de diferentes maneras. Para conocer su obra hay que leer todas sus novelas y cuentos, a ser posible por orden de escritura. Yo lo hice, y merece la pena.

01 junio 2007

Literatura y verdad

Hace cuarenta años, Gore Vidal definió a Susan Sontag con estas palabras: “Se tiene por una autora del todo diferente, europea de alto copete en lugar de estadounidense (…). Prefiere que su estandarte ondee en el extranjero en vez de en su propia tierra”. Todo ello es cierto, aunque habría que eliminar la malicia que hay en ellas.


Susan Sontag (1933-2004) es, todavía hoy, la intelectual estadounidense más europea. Sus referentes culturales provienen del Viejo Mundo, sus opiniones políticas fueron criticadas en su tierra y aplaudidas en los periódicos europeos. Estas dos coordenadas, literatura y política, son la clave para entender Al mismo tiempo, una colección de dieciséis ensayos y conferencias que sus editores recopilaron tras su muerte.

El primer bloque del libro está compuesto por una serie de prólogos a otras obras. Los atentados del 11 de septiembre y sus consecuencias conforman la segunda parte, donde la escritora se muestra beligerante con la política de Estados Unidos. Por fin, los últimos textos nacen de conferencias y discursos de aceptación de diferentes premios, cuando la unión entre literatura y compromiso cívico le trajo el reconocimiento internacional.


“La verdad de la Historia deja fuera la verdad de la narrativa”, escribe. Aquí radica la esencia de este libro. Susan Sontag es una narradora, ama la literatura y el arte sobre todas las cosas; pero la política se cruza en su camino y no puede hacer caso omiso. El verdadero escritor es un “agente moral”. Literatura y política son, para la intelectual, indisolubles; y quien pretenda llamarse escritor debe atender a los dos ámbitos.


Siguiendo este principio, Sontag inicia un ensayo sobre la belleza aludiendo a unas palabras de Juan Pablo II en torno a los abusos sexuales cometidos en iglesias de Estados Unidos. En todos los prólogos entrelaza literatura –la razón para escribirlos– con la circunstancia histórica del escritor, desde el zarismo a la Segunda Guerra Mundial.

Lo mismo sucede en las conferencias finales. No sólo agradece los honores que recibe, no habla únicamente de literatura. Como ejemplo, buena parte del discurso de agradecimiento del Premio de la Paz lo dedica a analizar la ausencia en la sala del embajador estadounidense en Alemania. “Las palabras –dice en uno de sus discursos– son flechas”.


Pero es en los textos estrictamente políticos donde Susan Sontag muestra toda su valentía. Escritos algunos poco después de los atentados de Nueva York, son la prueba de una voz rebelde, autónoma; Sontag critica la política de George Bush, la manipulación de lo sucedido y la ceguera de sus conciudadanos. La cumbre del libro se encuentra en el ensayo Ante la tortura de los demás, en el que la intelectual parte de sus teorías sobre la fotografía para criticar la tortura ejercida en la prisión de Abu Ghraib. “Las fotografías –dice– somos nosotros”.


Al mismo tiempo: ensayos y conferencias es una parte de los últimos textos escritos por Susan Sontag. En la mayoría de ellos se muestra profundamente pesimista. Sólo al final del libro nos da un aliento: “Larga vida al novelista”.
(Reseña aparecida en el suplemento Artes y Letras el 31 de mayo de 2007)