22 julio 2008

Nuestro hombre

Leonard Cohen ha dejado el tabaco, las mujeres y la droga. Es vegetariano y desde su estancia en un monasterio zen en los años 90 vive en armonía consigo mismo. El canadiense imaginaba una vejez tranquila, lejos de las discográficas, de las giras, de la prensa, del público. Pero el destino es traicionero y un día Cohen descubrió que su ex manager le había robado 5 millones de dólares. Así que ya no era un venerable poeta, sino un viejo cantante arruinado y olvidado del sexo.

Para ganar dinero hay que trabajar. Eso está claro. Leonard sacó un par de discos (uno, Ten new songs, bastante flojo; otro Dear Heather, muy decente), pero no dieron los resultados económicos esperados; la crisis discográfica afecta a todos, ahora los artistas ganan dinero con los conciertos. Fue entonces cuando su página web anunció una gira mundial.

Cohen saluda

Varios meses, dudas, cancelaciones y recuperaciones después, Cohen llega a Benicasssim. Dos horas antes del concierto no hay nadie en la explanada del escenario verde. Una hora antes aparece algún periodista y unos pocos vips; en el escenario, los pipas preparan los instrumentos. Cuarenta minutos antes, sale Leonard Cohen y su banda. Ningún aplauso los recibe, no van a actuar, sino a la prueba de sonido. Durante un rato, una treintena de personas tenemos el lujo de disfutar de un "concierto privado". Vemos al verdadero Cohen. Está tranquilo, habla con su gente, da instrucciones y bromea con el guitarrista. Tocan 4 canciones, casi la mitad de las que tocará en el concierto propiamente dicho. Después de cada una de ellas, sonríe y saluda a los asistentes. Viste de negro y lleva sombrero. El sol le cae en la cara; maldice el tiempo de España y se coloca unas gafas de sol de los años 80, acaso las mismas que llevaba en I'm your man. Corta una canción poco antes de acabar y se despide con un Hasta luego.

Cohen arrodillado

Entonces abren las vallas del festival y cientos de personas corren para colocarse en primera fila. Luego irán llegando más. Al inicio del concierto, ya son varios miles. Fuera del recinto, la gente se instala en una colina cercana para ver al maestro.

Es una ocasión única. Todos lo sabemos. Leonard Cohen lleva sin tocar 15 años y ésta es su única parada en España. El sitio no es el más apropiado, y el show será más corto de lo que acostumbra -3 horas- pero no importa: hay que verlo.

Cohen y Javier Mas 2

No defraudó. Leonard Cohen salió puntual al escenario y fue recibido, esta vez sí, por una sonora ovación. Tocó diez temas, durante una hora exacta. Fue breve pero intenso. Las canciones, elegidas a conciencia. Suzanne, The Future, Bird on the wire... y para terminar, So long, Mariane. El momento mágico de la noche coincidió con Hallelujah. Gracias quizá a las múltiples versiones de este tema -desde John Cale a Rufus Winwright-, todos los asistentes corearon el estribillo.

Una grata sorpresa fue el buen estado de Leonard Cohen. Algunos pensábamos que el cantante se mantendría hierático detrás del micrófono, y que su ronca voz se escudaría en los coros que le acompañaban. Para nada. Su voz suena mas potente que en sus discos y que en la última gira. Cantar para él no es un mero trámite. Cohen se arrodilla, se levanta, agarra el micrófono con fuerza y mira al cielo para gritar su oración.

Cohen canta 4

Ahora sólo queda esperar que vuelva a España en su gira de otoño. Mientras, podemos dar gracias a su manager.

18 julio 2008

Sed lex

Iñaki de Juana Chaos es un miserable hijo de puta. Un asesino que merecería la pena de muerte. Los 20 años que ha pasado en la cárcel no son suficientes para pagar todo el dolor que ha causado. En esto estamos todos de acuerdo.

Pero la ley es la ley. En España no existe la cadena perpetua, ni la pena de muerte. De Juana Chaos ya ha cumplido su pena. Ahora debe salir de la cárcel.

Hace un año escribí contra la condena por enaltecimiento de terrorismo que se le impuso. Era una artimaña para que no fuera puesto en libertad. El clima era tenso: tregua de ETA, De Juana en huelga de hambre y la derecha pidiendo lo imposible. La sociedad, se dijo entonces, no quiere verlo pasear por las calles.

Ahora estamos en una situación parecida. Dentro de un par de semanas el terrorista será libre, y desde el gobierno -y la oposición- se quiere hacer todo lo posible para amargarle la vida. Bajo la coartada de la indenmización a las víctimas, se le ha embargado su piso (una vivenda que ni siquiera es de su propiedad, sino de su esposa). Pero lo que no se dice es que sus víctimas ya han sido indemnizadas por el Estado; que todas las indemnizaciones las paga el Estado; que es imposible que un particular pueda pagar tal cantidad de dinero; que es una estratagema para "calmar a la sociedad".

Una sociedad que, por lo visto, esta indignada por la salida de De Juana Chaos. ¿Lo está? Me cuesta creerlo. Quizá sean los políticos -y sus fieles escuderos, los medios de comunicación- quienes inyecten el sentimiento en el cuerpo de los ciudadanos.

Hace un par de días el Consejero Vasco de Justicia, Joseba Azkárraga, declaró que "se están saltando muchos límites" de la Justicia, que "ya basta" de "perseguir" a este recluso, que "ya ha cumplido su condena". Por mucho que me desagrade estar de acuerdo con Azkárraga, no puedo menos que darle la razón.

De Juana Chaos estará el 2 de agsto en la calle porque lo decide la ley, porque la Constitución establece claros límites a las condenas penales. Si no nos gusta, hay que intentar cambniarla. Pero el gobierno no debe bordear la ilegalidad.

¿Cuántos etarras salen cada año de la cárcel? ¿Cuántos violadores y asesinos de mujeres? El problema es que De Juana Chaos se ha convertido -¿o lo hemos convertido?- en un símbolo. Y ya se sabe lo que se hace con los símbolos: unos los glorifican y otros los pisotean.

Olvido

20080718elpepinac_4

En el pie de esta fotografía se lee “El Rey y Adolfo Suárez pasean durante su encuentro. (A.S.I.)”. Las siglas son de Adolfo Suárez Illana, hijo del ex presidente. Pero el pie de foto es falso. No están paseando. Están posando. Mejor, Suárez hijo y Juan Carlos engañan a Suárez padre para que pose. De no hacerse así, no habría foto.

Al ver esta imagen, me pregunto si de verdad quiso el Rey visitar al ex presidente. Quizá fuera una obligación más; puede que especialmente pesada, mucho más difícil de cumplir que sonreír a unos colegiales. ¿De qué hablaron? De nada, por supuesto. Según ABC, “la enfermedad, una demencia senil degenerativa, ha robado a Adolfo Suárez la capacidad de dialogar”. No sabe hablar, ya tampoco reconoce a nadie. Sólo reacciona ante ciertas muestras de cariño. De nuevo según ABC, “Doña Sofía llamó «guapo» a Suárez, palabra que fue recibida con mucha alegría”.

Charlaron los adultos. Los Reyes y los hijos del ex presidente. Igual que cuando uno es pequeño y los padres cenan con sus amigos -“niño, deja ya de joder con pelota”. Suárez está vestido para la ocasión, incómodo -de diario lleva chándal, para qué se va a poner traje un hombre que no sabe quién es- y sentado muy quieto en un cómodo sillón -le han dado instrucciones precisas, “si te portas bien, te daremos helado para cenar”-. Los adultos no hablan de política. No es oportuno. Hablan de él, del mudo, pero no le miran. Como si no estuviera. De hecho, no lo está.

Al segundo silencio incómodo, su hijo lo levanta, “Vamos al jardín”. Se deja hacer, un poco por inercia, un poco por el difuso recuerdo de una promesa. Allí el visitante le pasa la mano por el hombro, Suárez le mira, pero no lo reconoce. Tampoco es fácil, el hombre mira a otro lado, casi avergonzado.

Al fondo se oye un grito, “Ya está la foto”. El Rey baja el brazo, y mira el reloj. Sólo entonces mira por primera vez a los ojos del ex presidente. Cinco minutos después, se acaba la visita.

16 julio 2008

De viaje

Puede parecer una boutade, pero no lo es. Hoy día, cuando más fácil es viajar, menos sentido tiene.

Internet ha puesto el mundo al alcance de la mano. Un click y estamos en el Museo Británico, otro y vemos decenas de fotografías de los Campos Elíseos, otro y podemos ver lo que queda del Muro de Berlín. No es lo mismo, dicen muchos. Cierto, no hay que aguantar filas, ni soportar la lluvia.

El turista tradicional ya no tiene razón de ser. Debería extinguirse por voluntad propia, pero continúa porque cree que es lo que se debe hacer, para no quedar mal a la vuelta del viaje. El turista mainstream viaja para hacerse una fotografía en el lugar que, le han dicho, “es muy bonito” o realizar esa actividad “tan interesante y simpática”. Va a Roma y se fotografía enfrente del Coliseo, a Pisa y se retrata sujetando la torre; a Amsterdam, y entra en un coffee shop para fumar un cigarro de marihuana; en Bruselas hay que comer chocolate, en España paella, en Francia hay que dar un paseo en barca por el Sena.

Todo ello, por supuesto, debe quedar debidamente registrado. Ya no se estila la videocámara, por fortuna la tortura de finales del siglo XX (“¿Quieres ver el vídeo de mis vacaciones en Grecia?”) pasó a la historia; pero ahora las cámaras son digitales: no se gasta carrete, no hay necesidad de revelarlas, el límite es la capacidad de tu tarjeta de memoria. Así que hacemos fotos y más fotos. Yo paseando por la Gran vía, yo en Harrods, yo imitando al Mannekin pis, yo comiendo un gofre, yo.... O bien: la catedral de Saint Peters, la Sagrada Familia, la Torre Eiffel, la Capilla Sixtina, los canales de Amsterdam, el...


Hay, en definitiva, dos tipos de registros gráficos: los que representan los edificios “que hay que ver”, y los que representan a uno mismo haciendo payasadas. Para los primeros, mucho mejor Internet. De cada monumento existen cientos de fotografías, la mayoría mejor que las que el turista haya podido hacer. Respecto a las segundas, tienen algo más de interés, pero tanto como para tomar un avión para hacerlas...

No voy a engañarme, yo también soy un turista mainstream. Aunque me estoy quitando. Lo intento. Estoy mejor.

Este fin de semana he estado con un amigo en Bruselas. Hemos visto la Grand Place, el Manneken pis, la catedral, los palacios, la fachada de la Ópera; hemos estado unas horas en Gante; hemos comido gofres y mejillones, hemos bebido cervezas de diferentes tipos; y hemos vuelto.

En mi teléfono móvil tengo exactamente 162 fotografías y 3 vídeos. Una parte importante corresponde a plazas, iglesias, vidrieras, canales y sitios turísticos varios. La minoría corresponden a mí y mi compañero de fatigas (se ha fatigado lo suyo) delante de catedrales, plazas, etc. Las que más me gustan, las que disfruté haciendo y revisaré de cuando en cuando, son las más personales. las que podrían haberse realizado en Zaragoza, en Bruselas o en un pueblo del Mediterráneo.

Así, lo mejor de los viajes son las cervezas tomadas en un bar en el que suena blues, los cigarros en un parque; los trayectos en tren y avión, observando y criticando a los pasajeros, la posibilidad de escuchar otros idiomas y de intentar hablarlos; las tiendas de discos, las tiendas de sombreros, las librerías; las belgas; las risas, las discusiones; el hambre, el frío y el cansancio.

Hay quien dice que para sentarse a tomar una cerveza no viaja 2000 kilómetros. Yo pienso diferente. De ahí la frase inicial, para viajar de turista, no viajo; para comer un cofre y mancharme chocolate, sí.

Rarezas de uno.