30 junio 2008

No era esto

Termino con tristeza la entrevista que hoy publica El País. Este señor que responde a algunas preguntas, que evita otras y que pronuncia un discurso que recuerda al añejo “España va bien” no es Zapatero. Tiene su mismo cuerpo, sus mismas manos, su misma voz -no su mirada ni su gesto, convertidos ya en eterna y vacua pose-, pero no es el político al que votamos con ilusión en las dos últimas elecciones generales. ¿Quién es, entonces?

Esta entrevista -da reparo llamarla así, mejor decir este publirreportaje- es la prueba tangible de que, como popularmente se dice, a Zapatero se le ha subido el poder a la cabeza. En tiempos de Felipe González, los últimos tiempos, se habló mucho “síndrome de La Moncloa”. Es una rara enfermedad -rara porque sólo la padecen unos pocos elegidos- que consiste en creer permanentemente que se está en poder de la razón, que el resto se equivocan, que todo va bien, menos lo de los otros; una enfermedad que puede causar irritabilidad, enfados, silencios incómodos, enemistades con antiguos compañeros de viaje. Le sucedió a Felipe González, le sucedió- todos lo recordamos- a José María Aznar, y ahora el virus ha entrado en José Luis Rodríguez Zapatero.

El síndrome también causa acomodo, pereza, tendencia a la más elemental inercia. Lo hemos comprobado en este tiempo pasado desde el 9 de marzo. ¿Qué ha hecho el gobierno? Disfrutar de la victoria; y esperar a que el cadáver de su enemigo pase por su puerta. Pero el enemigo no ha muerto, sino que ha salido reforzado de una crisis– esto sí era crisis, la situación económica es otra cosa, no se sabe el qué- que muchos creían devastadora (lo que no mata...).

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En esta coyuntura, “el periódico global de noticias en español” ofrece una oportunidad de oro al presidente para explicarse -y justificarse- a los ciudadanos. Una plataforma ideal para mostrar su vena más izquierdista, reformadora, su papel de líder, sus proyectos, sus viejas pero necesarias ideas republicanas. En cambio, el lector sólo recibe frases demasiadas veces oídas -“este es un Gobierno que ha hecho la ley de igualdad más avanzada de Europa”-, frases surrealistas -“es un tema opinable si hay crisis o no hay crisis”-, frases que nunca deberían pronunciarse -“la directiva europea de retorno de inmigrantes es un avance progresista”-, y frases que, sencillamente, son falsas -“(la consulta vasca) es una ley que es claramente inconstitucional”-.

No hay en toda la conversación ningún anuncio importante, no hay una declaración de intenciones, no ofrece retos, no aporta soluciones. Todo sigue igual: la relación con la Iglesia, la ley del aborto, la ilegalidad de la eutanasia. Habla del Ministerio de igualdad, pero no ofrece da contenido a este organismo -por otra parte muy necesario, si fuera eficaz-; como un adolescente ante el cura, casi confiesa su error al intentar acabar con ETA por medio del diálogo; no se moja cuando le preguntan por el Partido Popular; intenta quedar bien con Pedro Solbes y con Miguel Sebastián.

Como la sociedad teorizada por su gurú, toda la charla es líquida. Demasiado líquida.

Ahora que lo ciudadanos somos más viejos -y sinceros con nosotros mismos-; ahora que hemos perdido la esperanza -aunque nos queda el miedo a Esperanza-; ahora que hemos comprobado que España no se ha roto pero tampoco es más luminosa -como sí lo fue después del 14 de marzo de 2004-; ahora que los malos tiempos vuelven y tan solo escuchamos cuentos -pero sabemos todos los cuentos-; ahora quizá es momento de decirlo alto y claro: estamos decepcionados.

Hace tres meses, hubo quienes votaron para que no ganase el Partido Popular, otros porque de veras creíamos en el proyecto socialista, pero al caer la noche -tristes y con un picazón en la conciencia- pensamos, “en 2012, me quedaré en casa”.

29 junio 2008

De pruebas, 2


Parece que funciona. Podre publicar en vacaciones? Eso si, ni acentos, ni signor de interrogacion ni nada. Y deberia aprender a hacer fotos...

La nueva Comedia Humana

Ahora parece que todo el mundo nos hemos vuelto adictos a las series de televisión. Es la moda. Hace años fueron los videojuegos, luego la MTV y después el messenger. En 2008, tocan series producidas y emitidas en Estados Unidos y visionadas al día siguiente en España y Latinoamérica gracias a Internet (y la los cientos de personas que las subtitulan al castellano; un día deberían darles el Príncipe de Asturias de Cooperación). Por primera vez en mi vida, voy a la moda.

No es novedad proclamar que hay grandes series de televisión. Ya lo he dicho otras veces. Aquí quiero hablar de la última obra maestra que he conocido: The Wire, “La escucha”; producida, cómo no, por.... HBO.

The Wire no es una serie de policías y ladrones. Aunque lo parezca. The Wire es La Comedia Humana de Balzac. Así de sencillo. El escritor retrató la Francia de la primera mitad de siglo XIX; The Wire retrata el Baltimore de la primera década del siglo XXI.

La serie está formada por 5 temporadas en las que los policías tienen que resolver un caso. Como en CSI, pero a lo bestia. Lo que Grissom y compañía consiguen en un capítulo de 40 minutos, éstos lo hacen (y no del todo) en 13 episodios de 1 hora de duración. Cada temporada se centra en un aspecto de Baltimore: drogas en los barrios bajos, corrupción en los muelles, periodismo, política y educación. Nadie se salva. En 5 temporadas se consigue una precisa radiografía de la ciudad; radiografía que bien podría extenderse a cualquier urbe europea (dice Carlos Boyero: “No me gustaría vivir en el Baltimore de The Wire, pero tampoco me gusta vivir en el Madrid de Esperanza Aguirre")

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Lo cierto es que no importa el caso, el puro y simple argumento. Como en la buena ficción, lo imprescindible son los personajes. Hay decenas: policías, narcotraficantes, periodistas, políticos, estibadores... Todos tienen nombre y apellidos. Todos tienen una vida detrás. Todos importan. Si bien al principio el espectador está de parte de los “buenos”, a medida que pasan los capítulos comienzan las dudas. No hay buenos y malos. Todos son hijos de su tiempo, de su barrio, de sus heridas, de sus venganzas, de sus miedos, de sus frustraciones. Desde el jefe de policía rencoroso hasta el asesino homosexual (gran hallazgo). Aquí radica la grandeza de The Wire. El espectador acaba por quererlos a todos.

The Wire, hay que advertirlo, no es una serie ligera. Cuesta engancharse, si ésa es la palabra. Yo lo conseguí al segundo intento (como me sucede con la buena literatura y la buena música). Es lenta hasta la exasperación. Donde en otras series hay acción, rápidos movimientos de cámara y sexo, aquí hay caminatas por aceras sucias, primeros planos de los personajes y mucho, mucho diálogo. Hay que verla con calma, en silencio.

Pero hay que verla.

Aquí un vídeo de 20 minutos en el que varios periodistas elogian, aún más, la serie.

28 junio 2008

De pruebas


Intentando enviar texto y fotografias desde el movil. 
Vista desde mi mesa de lectura.

26 junio 2008

Puritanos, meapilas y homófobos

Estamos en el año 2008 y aún es insólito ver a dos hombres besándose en la televisión. En el mundo de la ficción, las series están a la vanguardia de la pelea por la visibilidad. Tanto, que ya hay quien critica que toda serie deba tener su gay de turno. Después, las películas, en las que suele primar más las necesidades del guión y empieza a decaer el tópico del amigo gay divertido que aconseja a la protagonista. (Pero pasan los años y la mejor película sobre el tema sigue siendo Philadelphia). A la cola de la normalización, y del sentido común, está la publicidad.

Heinz se ha visto obligada a retirar un anuncio de la televisión británica porque la Advertising Standards Authority ha recibido un puñado de quejas. Es decir, un grupo de aburridos puritanos se ofenden porque sus hijos ven (o pueden ver, quizá lo hagan por precaución) un spot en el que 2 hombres se besan; un beso, la verdad, bastante casto, incluso aburrido, del tipo que se dan las parejas antes de ir a trabajar po las mañanas. Estos mojigatos llaman a la Advertising Standards Authority y dicen que el anuncio es ofensivo e inadecuado. La Advertising Standards Authority, que en realidad es una organización dedicada a censurar los anuncios (es decir, una empresa formada por los mismos mogijatos meapilas, que vieron que podrían recibir dinero a final de mes haciendo lo que siempre han hecho, amargar la vida al personal), acepta gustosa las críticas y las da a conocer.

Consecuencia inmediata: el spot sale de la parrilla. Consecuencia indirecta: llega a internet y lo ve mucha más gente.

Se me ocurren varias preguntas y reflexiones:

¿Existe en Inglaterra esta organización censora? ¿España tiene una similar? ¿Europa lo permite? Creía que estas cosas pasaban antes.

Algunos padres piensan que el spot creará preguntas en los niños (todo se hace por el bien de los niños, incluso las guerras); y entonces tendrán que “dialogar con ellos acerca de las relaciones sexuales”. ¿Pero estamos tontos? Ahora resulta que los padres no deben hablar de sexo en casa... Señores, entonces será cuando los niños empiecen a navegar por Internet, a ver porno y a crearse sus propias teorías.

Aunque quizá para proteger a los niños -supongo que los mismos que en el colegio fumarán porros, comprarán cocaína a los alumnos mayores y practicarán el sexo con sus compañeras de clase sin preservativo; al fin y al cabo, nadie les ha hablado de los peligros de la vida real y de cómo esquivarlos- estos padres y madres puritanos prohíban la entrada la Red de redes en sus casas. Al menos, serían consecuentes.

Y la televisión cede y retira el spot. ¡Qué vergüenza!

Y Elmundo.es titula así: El beso polémico de Heinz. Señor Ramírez, el beso no es polémico. Lo que debería discutirse, y mucho, es la actitud censora de los medios británicos.

También habría que preguntarse: ¿y si se emitiese en TVE?