24 agosto 2008

Preguntas retóricas

Esta es la portada de hoy de cnn.com.

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De cuando en cuando, un mismo tema se repite por doquier. ¿Será casualidad?

Más interrogantes. ¿El avión Kirguizistán sería hoy portada en elpais.com de no haberse estrellado el de Spanair? Han muerto 70 personas, ¿dedicaremos los medios entonces la mitad de tiempo y espacio que hemos dedicado a las víctimas del martes? ¿Algo menos, puesto que son extranjeros? ¿Cuánto menos?


Demasiadas preguntas. Todas estúpidas. Ya conocemos la respuesta.

El olvido

Hace sólo cinco meses, decenas de personas eran arrestadas en el Tíbet y alrededor de un centenar -nunca sabremos la cifra- morían en los mal llamados disturbios. China se convirtió, a los ojos de la “opinión pública” en un ogro que devoraba sin piedad a su pobres y maltratados ciudadanos (¿o debería decir súbditos?). Poco después, el accidentado recorrido de la antorcha olímpica abría informativos y era portada de periódicos. Los dirigentes occidentales protestaban y amenazaban con no asistir a la ceremonia de inauguración de los juegos. Hubo quien pidió el boicot, la anulación de las olimpiadas.

Todo esto, por supuesto, es el pasado. Cinco meses pueden ser una eternidad; en medio año un país puede cambiar varias veces de aliados, puede firmar contratos multimillonarios; sus gobernantes pueden cambiar, pueden incluso cambiar de opinión, pueden arrepentirse de sus palabras y gestos, pueden llamar a Pekín y decir “Oye es lo que me tocaba hacer, pero tranquilo, todo pasa”; en cinco meses todo puede cambiar. Como siempre, a peor.

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Hoy han terminado lo Juegos Olímpicos y ya nadie habla del Tibet; muy pocos de la escasa libertad de presa, de la “limpieza” a la que se ha sometido Pekín, de los centenares, si no miles, de personas expulsadas de sus casas para construir megalómanos estadios, de los fusilamientos, de los campos de concentración. Nadie, en definitiva, recuerda que China es una dictadura.

Sólo importan las medallas conseguidas por los deportistas que en su camiseta llevan la bandera española, (hayan nacido o no en España; el inmigrante normal es escoria, el deportista se merece la nacionalización; pero esto es otra historia), de un nadador estadounidense, de un jamaicano al que todo el mundo envidia.

Hace cinco meses los juegos olímpicos estaban empañados de política, hoy ya son sólo deporte. Hay a quien le parece bien. A mí, no.

23 agosto 2008

Funerales con respeto

Después de una tragedia siempre se producen comportamientos, gestos, palabras o silencios que son objeto de crítica por parte de un ente intangible y veleidoso que se ha venido a llamar opinión pública. Con demasiada frecuencia estas críticas apuntan a lo superficial, a los símbolos más visibles, a las actuaciones de los primeros momentos (plagadas, como no puede ser de otra forma, de errores, confusión y falta de datos; una de las señas de identidad de las catástrofes es el caos inicial). Pasados los primeros días comienza lo importante. Los gestos se olvidan, las palabras también: son las indemnizaciones, las repatriaciones, los reconocimientos de cadáveres lo que queda en la memoria de los familiares y amigos de las víctimas (los únicos que tienen legitimidad moral para hablar, no debe olvidarse).

Y, por supuesto, los funerales. Con muy buen criterio, el Gobierno ha rechazado hacer funerales de Estado: no son funcionarios, y no han fallecido en acto de servicio (y aunque lo fueran, ¿cuándo se tratará los soldados como a cualquier trabajador?). Pero sí va a participar en él (aunque no se entiende muy bien por qué; pequeño inciso: si mueren 5.347 personas en accidente de coche, como en 2002, no sucede nada; si mueren 153 personas en un accidente de avión, España se paraliza, el gobierno suspende sus vacaciones y la Casa Real vuelve de Pekín para, ejem, “estar con las víctimas”; ¿acaso nos hemos confundido, y creemos que el Gobierno es un padre comprensivo que nos abraza cuando nos caemos de la bici?).

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La Iglesia católica, siempre tan dispuesta a sacar tajada y provecho del dolor ajeno, ya ha anunciado que el Arzobispado de Madrid organizará la ceremonia, presidida, cómo no, por el piadoso demócrata Antonio María Rouco Varela. Hace unos años este dato no suscitaría ninguna controversia, nadie pondría pegas. Pero, por suerte, los tiempos han cambiado. Hoy no todos los españoles son católicos. Hay musulmanes, judíos, evangélicos, ateos. Ninguno de ellos, es muy probable, querría escuchar la voz de Rouco en su entierro.

Meter a 153 personas en el mismo saco es prepotente; puede que ni siquiera se han parado a pensar que puede haber víctimas que no compartan su fe. Pero las hay.

Si la Conferencia episcopal no da marcha atrás, el gobierno debería tomar medidas. No es un asunto nimio. La libertad religiosa está reconocida en la Constitución; este funeral podría violar el artículo 16 de la Carta Magna. Aunque, claro, a los jerarcas de la Iglesia esto quizá no les importa mucho.

21 agosto 2008

Buitres y tiburones

Después de amargarme el desayuno con el mal llamado informativo de Antena 3 -una cadena siempre sobria, siempre cuidadosa con sus contenidos, especialmente en lo referente a atentados, accidentes y demás catástrofes; la hipocresía hecha televisión-, pensaba escribir unos párrafos para criticar el morbo que inunda la televisión, para acordarme de los editores que permiten la emisión de ciertas imágenes y ciertas declaraciones, de los redactores que acuden como buitres a devorar a los familiares de las víctimas, de los presentadores que parecen disfrutar con cada aumento de la cifra de muertos.

Pensaba escribir todo esto, pero, como suele suceder, otro lo ha hecho ya antes; y mejor.

Si la talla moral de las personas se demuestra en los grandes dramas, la de los medios de comunicación se demuestra en las grandes tragedias.

Hay buena gente trabajando en televisión, por supuesto, como también hay buena gente trabajando en una guerra. Y la televisión, como la guerra, puede tener un objetivo noble. En la guerra a ese objetivo lo llaman Libertad. En la televisión lo llaman derecho a la información. En nombre de la Libertad se han cometido muchas atrocidades. En nombre del derecho a la información también.

Las agendas de los medios se conforman por una regla que cruza dos variables: número de víctimas y proximidad de éstas. 10 víctimas en Barcelona es más noticia que 20 que en Luxemburgo. Y 40 en París es más noticia que 60 en Angola. Una inmensa tragedia en Madrid implica, evidentemente, una programación especial de, como mínimo, un día entero y parte del siguiente. Para llenar todo eso se necesita mucho contenido que, en realidad, no existe.

Cuando hay un enemigo definido todo es más fácil porque puedes recuperar imágenes de archivo de ETA o de Osama Bin Laden pegando tiros en el desierto. Puedes poner fragmentos de tal o cual documental, de tal o cual entrevista del pasado. Pero cuando no hay enemigo, las televisiones tienen que echar mano de la imaginación: recordar cuándo ha pasado algo parecido, especular con las razones, telefonear a expertos, mostrar cómo la prensa extranjera se ha hecho eco de la noticia... El problema es que todo eso es demasiado intelectual, son sólo datos y palabras. Y la televisión necesita emoción. Mostremos, pues, el dolor y el asco.

Un pariente que no sabe adónde ir porque nadie le informa vale un punto. Las declaraciones de un bombero diciendo con la voz rota que nunca ha visto nada tan espantoso, dos. Una madre llorando, tirada en el suelo, es un triple desde medio campo. Y unos buenos recursos del avión rodeado de cadáveres es la utopía de la libertad de información, el Nirvana catódico.

La muerte es el mejor espectáculo del mundo, y las televisiones lo saben tan bien como lo sabes tú. Estoy deseando que se instaure la TDT para poder ver muertos en alta definición. Va a ser casi como estar en el epicentro del infierno.

20 agosto 2008

Muertes lejanas

Ya me ha sucedido 2 veces, y empieza a asustarme. En el año 2005 estuve unos días sin conexión a internet, mi principal fuente de información. A la vuelta a la normalidad, descubrí por azar que Guillermo Cabrera Infante había fallecido. Sin haberlo leído, conociá a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; había intentado adentrarme sin éxito en uno de sus libros más afamados, La Habana para un infante difunto; había leído sobre él; había leído un libro de relatos que me fascinó por el lenguaje, aunque no por el contenido, si bien en un principoi me disgustaba que estuviese en contra del castrismo -ingenuo de mí- había terminado por estar de acuerdo con sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Ahora he estado de viaje, sin internet, sin prensa y casi sin televisión; esta tarde he dado una vuelta por varios suplementos literarios extranjeros y me he topado con la muerte de Alexander Solzhenitsyn. Las similitudes en ambos casos son interesantes. Sin haberlo leído, conozco a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; he intentado adentrarme, sin éxito, en su más afamado libro, Archipiélago Gulag; he leído sobre él; si bien en un principio me disgustaba que estuviese en contra del comunismo soviético -ingenuo de mí- he terminado por estar de acuerdo con muchas de sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Solzhenitsyn

Quizá sea el momento de ponerse a ello. De leerlos a los dos en serio. De mi viaje a Cuba vengo cargado de libros y ganas de leer autores cubanos: Lezama Lima, Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier; no puede faltar Cabrera Infante. Del lado ruso, tengo pendiente la lectura de una biografía de Stalin, pensaba después afrontar los 3 volúmenes del Archipiélago (tan apetecibles en la nueva edición de Tusquets); quizá invierta el orden (aunque en esto de la lectura, el orden de los factores sí afecta al producto).

En cualquier caso, me ha entristecido su muerte, como lo hacen los fallecimientos de todos los escritores, conocidos o por conocer (aún recuerdo con precisión el día que murió Roberto Bolaño). Me gusta leer y reler las necrológicas, ver los albumes de fotos que preparan los diarios digitales; escuchar, cuando podía, las palabras que quería dejar para la posteridad, grabadas en el programa epílogo. Asstir, de alguna manera, a su entierro. Y no he podido hacerlo. Su muerte, así, queda aún más lejana.

Un día tengo que hablar de todo esto. Mientras, creo que añana compraré un par de libros. De alguna ridícula forma, creo que se lo debo.