30 agosto 2008

Churras y merinas

Copio y pego un divertido artículo firmado por Luisgé Martín en Babelia. Reflexiona sobre el eterno debate: ¿leer hace mejores a los seres humanos? Yo creía que ya se había encontrado una respuesta clara y que la discusión estaba cerrada, pero parece que no es así. (Por cierto, mi respuesta es, No, rotundamente, no; leer aporta sensaciones, conocimiento, diversión y compañía: en ningún caso es la píldora de la bondad.)

El problema del texto es que el autor no se cree lo que escribe. Quiere aparentar que sí, pero en realidad se siente satisfecho en su condición de culto. En cualquier caso, merece la pena.

La ópera ha sido considerada siempre el espectáculo artístico más completo y refinado. Aúna música, literatura y teatro. Para disfrutarla hay que ser una persona cultivada y tener educadas todas las capacidades estéticas. Es necesario, además, poseer una sensibilidad especial. Podríamos decir, por lo tanto, que los amantes de la ópera forman parte de un linaje extraordinario. De una quintaesencia humana. En febrero de 2001, sin embargo, los socios del Círculo del Liceo de Barcelona -quintaesencia de la quintaesencia- decidieron rechazar el ingreso en el club operístico de las diez mujeres que, después de siglo y medio de absoluta hegemonía masculina abolida en unos nuevos estatutos, habían solicitado la admisión. Entre esas mujeres -por si alguien duda de sus méritos- estaba Montserrat Caballé. Es decir, los seres más sensibles, los que se conmovían hasta el retorcimiento del alma con la música de Verdi, con la voz doliente de María Callas o con las quejas de amor de Madame Butterfly, se comportaban en la vida real como gañanes de taberna.

Este suceso, excesivo y paradigmático, es un exordio vistoso, pero resulta fácil encontrar diariamente muchos otros ejemplos que nos obligan a plantearnos si la cultura contribuye a iluminar las ideas o si, por el contrario, sirve sólo para empachar las mentes y emponzoñar los ánimos. Uno de nuestros novelistas jóvenes más eximios, a quien se le debió de aparecer una virgen en algún camino de Damasco, como a Fernando Arrabal, escribe cada semana en los periódicos sesudos y floridos artículos en los que igual pone en cuestión la teoría de la evolución -"siempre me ha llamado la atención la rotundidad con que se suele negar la intervención del misterio cuando se trata de explicar el origen del hombre; pero lo cierto es que, si existe un momento en la historia del universo en que parece más que probable la intervención del misterio, es precisamente el momento en que el hombre irrumpe en el mundo"- que describe con extraño discernimiento las sociedades modernas -"matrimonios deshechos porque sí a velocidad exprés, hogares desbaratados con el menor pretexto o sin pretexto alguno, hijos desparramados y convertidos en carne de psiquiatra, abortos a mansalva, nuevas fórmulas combinatorias humanas negadas a la transmisión de la vida, etcétera"-. A algunos otros escritores, no menos eximios, les vemos participar en tertulias televisivas diciendo disparates y simplezas que sólo mejoran las de los invitados de Salsa rosa en el rigor de la gramática y en la riqueza del vocabulario. Y aquellos a los que no se les ha aparecido ninguna virgen ni han sido invitados a ninguna tertulia no pueden tirar tampoco la primera piedra. En el sector editorial y en el mundo literario -un castillo de hombres cultos, de cultivadores de ese gran bien espiritual que es la lectura- se encuentra la mayor concentración de individuos biliosos, marrulleros, hipócritas, envanecidos, desequilibrados y tortuosos que conozco. Incluyéndome, por supuesto, a mí mismo.

La gran obra de la literatura española cuenta la historia de un pobre hombre que, empachado de libros, salió a recorrer el mundo escudado por un analfabeto que no había leído ninguno. Todos conocemos las peripecias que les ocurrieron. Todos sabemos quién creaba los problemas y quién los resolvía luego; quién era soberbio y quién humilde; quien contemplaba la realidad y quién veía únicamente sus propias fantasías y vanaglorias. Que cada cual elija un modelo, pero que no haya excusas: todos los libros son de caballerías.

No quiero hacer menosprecio de corte y alabanza de aldea, y ni siquiera estoy seguro de si soy abogado de dios o del diablo, pero desde hace años tengo la sospecha de que la lectura es menos benéfica de lo que se proclama continuamente con altavoces y pregoneros. O incluso que es dañina, que resabia. Hay dos virtudes que nadie le puede negar: su ejercicio produce un placer estético que sólo es superado por los que producen los de la música y la sexualidad; y desarrolla, instrumentalmente, las capacidades de comprensión y de construcción textual, que sirven para leer el prospecto de un medicamento, para redactar una carta o una reclamación, o para poder estudiar mecánica de automóviles o mecánica cuántica. Es decir, la lectura tiene una utilidad sensorial -si hay utilidades así- y una utilidad práctica -valga el pleonasmo-, pero tal vez no tenga ninguna utilidad ética, que es la que más se pregona. "Los libros nos hacen libres", decía uno de los eslóganes publicitarios con los que el Ministerio de Cultura trataba de concienciarnos de los beneficios de leer. "El nacionalismo se cura viajando y leyendo", proclamaba Juan María Bandrés en aquellos años en los que se pensaba aún que las barbaridades de ETA eran cometidas sólo por ignorantes sin formación. Como Sócrates, en suma: "No hay hombres malos, sólo hay hombres ignorantes". Y continuamente escuchamos hablar con desprecio o conmiseración de aquellos que no leen o que leen productos como El código Da Vinci o La catedral del mar y no a Borges, a Paul Auster o a Vasili Grossman, que son algunos de los autores que al parecer nos hacen más libres y menos abertzales.

Es decir, los apóstoles de la lectura hemos creído siempre que a través de ella se crearía un mundo más justo, más tolerante, más inteligente y más pacífico. Más humano, en suma. Hemos creído que alguien que se conmoviera con las desdichas adulterinas de Anna Karenina y el Conde Vronski no podría luego, por ejemplo, llamar alimañas a quienes cometen una infidelidad o se divorcian. Que quien se emocionara sumergiéndose en el alma insatisfecha de Emma Bovary no sería capaz de pegarle una paliza a su mujer o de negarle el ingreso en el Círculo del Liceo a Montserrat Caballé. Que aquel que se estremeciera al conocer la vida de Primo Levi en Auschwitz o la de Anna Frank en Ámsterdam no tendría ya nunca la desvergüenza de -pongo por caso- votar a Batasuna, apoyar la guerra de Irak, defender Guantánamo o enmascarar con palabrería libertaria la dictadura cubana. Hemos creído siempre, en fin, que los libros eran el manual de instrucciones de la naturaleza humana y que quien leía terminaba descifrando sus mecanismos y mejorando su rendimiento. Pero a la vista está que hemos creído mal.

A los niños y a los adolescentes les instigamos casi enfermizamente a que lean, anunciándoles las siete plagas si no lo hacen. Pero habría que preguntarse si esa obsesión está justificada por tantas plagas como decimos. ¿Son menos corruptos los que leen? ¿Son menos despóticos en sus trabajos o en sus casas? ¿Respetan más las señales de tráfico? ¿Sienten menos cólera, saben dominarla mejor? ¿Tienen mayor clarividencia política? ¿Son menos violentos? Hace años leí un artículo -seguramente de algún norteamericano extravagante- en el que se sostenía que entre los individuos de mayor nivel cultural estaban más extendidas las prácticas sadomasoquistas. No quiero poner de ejemplo a Hannibal Lecter, pero creo que la duda es razonable.

Son no obstante los razonamientos desvariados de este texto, sin duda, la mejor prueba de que leer -lo hago mucho- no siempre trae provecho.

29 agosto 2008

Lector público

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Siempre es bonito ver cómo lee una persona. No hay dos iguales. De ahí estas fotografías, extraídas el libro On reading, del fotógrafo André Kertész, hermano del escritor Imre (y conseguidas vía Papel en blanco).


La lectura es un acto sumamente privado, casi secreto. El lector se sumerge en las páginas del libro y sus sentimientos cambian a cada párrafo. Su rostro, en ocasiones, también. De mismo modo que el niño que sueña y se agita en la cama, ahora sonríe, ahora cierra con fuerza las manos, así el lector.

Y sin embargo, hay quienes leen en público, a la vista de todos. Tópico ya es el lector del metro o el tren. Más raro es ver a una persona caminar por la calle y leer al mismo tiempo. Éstos, quizá, sean los más exigentes lectores. No les importa caerse o tropezar con tal de permanecer dentro del libro.

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Un lector siempre tratará de averiguar qué libro lee otro lector. Probará mil posturas de cuello para ver el título, o al menos el autor; a veces con la cubierta es suficiente. Si es un buen libro, si ya lo conoce, la sonrisa es inevitable. Hay quien se anima y, a modo de despedida y con un gesto de complicidad, dice, “Muy buen libro”.

Otros preguntan, así, sin más. En ocasiones puede ser un modo de entablar conversación en una sala de espera, en ocasiones una estrategia para conocer a la persona ideal. Yo no lo hago. He descubierto demasiadas personas leyendo veneno. Cuando una persona dice “Me gusta leer”, echo a temblar. Sólo los consumidores ocasionales fanfarronean de ello. Los verdaderos adictos no proclaman su adicción a los cuatro vientos.

27 agosto 2008

Cita semanal

Cuando un pueblo tiene una pasion, la moral baja

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24 agosto 2008

Preguntas retóricas

Esta es la portada de hoy de cnn.com.

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De cuando en cuando, un mismo tema se repite por doquier. ¿Será casualidad?

Más interrogantes. ¿El avión Kirguizistán sería hoy portada en elpais.com de no haberse estrellado el de Spanair? Han muerto 70 personas, ¿dedicaremos los medios entonces la mitad de tiempo y espacio que hemos dedicado a las víctimas del martes? ¿Algo menos, puesto que son extranjeros? ¿Cuánto menos?


Demasiadas preguntas. Todas estúpidas. Ya conocemos la respuesta.

El olvido

Hace sólo cinco meses, decenas de personas eran arrestadas en el Tíbet y alrededor de un centenar -nunca sabremos la cifra- morían en los mal llamados disturbios. China se convirtió, a los ojos de la “opinión pública” en un ogro que devoraba sin piedad a su pobres y maltratados ciudadanos (¿o debería decir súbditos?). Poco después, el accidentado recorrido de la antorcha olímpica abría informativos y era portada de periódicos. Los dirigentes occidentales protestaban y amenazaban con no asistir a la ceremonia de inauguración de los juegos. Hubo quien pidió el boicot, la anulación de las olimpiadas.

Todo esto, por supuesto, es el pasado. Cinco meses pueden ser una eternidad; en medio año un país puede cambiar varias veces de aliados, puede firmar contratos multimillonarios; sus gobernantes pueden cambiar, pueden incluso cambiar de opinión, pueden arrepentirse de sus palabras y gestos, pueden llamar a Pekín y decir “Oye es lo que me tocaba hacer, pero tranquilo, todo pasa”; en cinco meses todo puede cambiar. Como siempre, a peor.

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Hoy han terminado lo Juegos Olímpicos y ya nadie habla del Tibet; muy pocos de la escasa libertad de presa, de la “limpieza” a la que se ha sometido Pekín, de los centenares, si no miles, de personas expulsadas de sus casas para construir megalómanos estadios, de los fusilamientos, de los campos de concentración. Nadie, en definitiva, recuerda que China es una dictadura.

Sólo importan las medallas conseguidas por los deportistas que en su camiseta llevan la bandera española, (hayan nacido o no en España; el inmigrante normal es escoria, el deportista se merece la nacionalización; pero esto es otra historia), de un nadador estadounidense, de un jamaicano al que todo el mundo envidia.

Hace cinco meses los juegos olímpicos estaban empañados de política, hoy ya son sólo deporte. Hay a quien le parece bien. A mí, no.

23 agosto 2008

Funerales con respeto

Después de una tragedia siempre se producen comportamientos, gestos, palabras o silencios que son objeto de crítica por parte de un ente intangible y veleidoso que se ha venido a llamar opinión pública. Con demasiada frecuencia estas críticas apuntan a lo superficial, a los símbolos más visibles, a las actuaciones de los primeros momentos (plagadas, como no puede ser de otra forma, de errores, confusión y falta de datos; una de las señas de identidad de las catástrofes es el caos inicial). Pasados los primeros días comienza lo importante. Los gestos se olvidan, las palabras también: son las indemnizaciones, las repatriaciones, los reconocimientos de cadáveres lo que queda en la memoria de los familiares y amigos de las víctimas (los únicos que tienen legitimidad moral para hablar, no debe olvidarse).

Y, por supuesto, los funerales. Con muy buen criterio, el Gobierno ha rechazado hacer funerales de Estado: no son funcionarios, y no han fallecido en acto de servicio (y aunque lo fueran, ¿cuándo se tratará los soldados como a cualquier trabajador?). Pero sí va a participar en él (aunque no se entiende muy bien por qué; pequeño inciso: si mueren 5.347 personas en accidente de coche, como en 2002, no sucede nada; si mueren 153 personas en un accidente de avión, España se paraliza, el gobierno suspende sus vacaciones y la Casa Real vuelve de Pekín para, ejem, “estar con las víctimas”; ¿acaso nos hemos confundido, y creemos que el Gobierno es un padre comprensivo que nos abraza cuando nos caemos de la bici?).

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La Iglesia católica, siempre tan dispuesta a sacar tajada y provecho del dolor ajeno, ya ha anunciado que el Arzobispado de Madrid organizará la ceremonia, presidida, cómo no, por el piadoso demócrata Antonio María Rouco Varela. Hace unos años este dato no suscitaría ninguna controversia, nadie pondría pegas. Pero, por suerte, los tiempos han cambiado. Hoy no todos los españoles son católicos. Hay musulmanes, judíos, evangélicos, ateos. Ninguno de ellos, es muy probable, querría escuchar la voz de Rouco en su entierro.

Meter a 153 personas en el mismo saco es prepotente; puede que ni siquiera se han parado a pensar que puede haber víctimas que no compartan su fe. Pero las hay.

Si la Conferencia episcopal no da marcha atrás, el gobierno debería tomar medidas. No es un asunto nimio. La libertad religiosa está reconocida en la Constitución; este funeral podría violar el artículo 16 de la Carta Magna. Aunque, claro, a los jerarcas de la Iglesia esto quizá no les importa mucho.

21 agosto 2008

Buitres y tiburones

Después de amargarme el desayuno con el mal llamado informativo de Antena 3 -una cadena siempre sobria, siempre cuidadosa con sus contenidos, especialmente en lo referente a atentados, accidentes y demás catástrofes; la hipocresía hecha televisión-, pensaba escribir unos párrafos para criticar el morbo que inunda la televisión, para acordarme de los editores que permiten la emisión de ciertas imágenes y ciertas declaraciones, de los redactores que acuden como buitres a devorar a los familiares de las víctimas, de los presentadores que parecen disfrutar con cada aumento de la cifra de muertos.

Pensaba escribir todo esto, pero, como suele suceder, otro lo ha hecho ya antes; y mejor.

Si la talla moral de las personas se demuestra en los grandes dramas, la de los medios de comunicación se demuestra en las grandes tragedias.

Hay buena gente trabajando en televisión, por supuesto, como también hay buena gente trabajando en una guerra. Y la televisión, como la guerra, puede tener un objetivo noble. En la guerra a ese objetivo lo llaman Libertad. En la televisión lo llaman derecho a la información. En nombre de la Libertad se han cometido muchas atrocidades. En nombre del derecho a la información también.

Las agendas de los medios se conforman por una regla que cruza dos variables: número de víctimas y proximidad de éstas. 10 víctimas en Barcelona es más noticia que 20 que en Luxemburgo. Y 40 en París es más noticia que 60 en Angola. Una inmensa tragedia en Madrid implica, evidentemente, una programación especial de, como mínimo, un día entero y parte del siguiente. Para llenar todo eso se necesita mucho contenido que, en realidad, no existe.

Cuando hay un enemigo definido todo es más fácil porque puedes recuperar imágenes de archivo de ETA o de Osama Bin Laden pegando tiros en el desierto. Puedes poner fragmentos de tal o cual documental, de tal o cual entrevista del pasado. Pero cuando no hay enemigo, las televisiones tienen que echar mano de la imaginación: recordar cuándo ha pasado algo parecido, especular con las razones, telefonear a expertos, mostrar cómo la prensa extranjera se ha hecho eco de la noticia... El problema es que todo eso es demasiado intelectual, son sólo datos y palabras. Y la televisión necesita emoción. Mostremos, pues, el dolor y el asco.

Un pariente que no sabe adónde ir porque nadie le informa vale un punto. Las declaraciones de un bombero diciendo con la voz rota que nunca ha visto nada tan espantoso, dos. Una madre llorando, tirada en el suelo, es un triple desde medio campo. Y unos buenos recursos del avión rodeado de cadáveres es la utopía de la libertad de información, el Nirvana catódico.

La muerte es el mejor espectáculo del mundo, y las televisiones lo saben tan bien como lo sabes tú. Estoy deseando que se instaure la TDT para poder ver muertos en alta definición. Va a ser casi como estar en el epicentro del infierno.

20 agosto 2008

Muertes lejanas

Ya me ha sucedido 2 veces, y empieza a asustarme. En el año 2005 estuve unos días sin conexión a internet, mi principal fuente de información. A la vuelta a la normalidad, descubrí por azar que Guillermo Cabrera Infante había fallecido. Sin haberlo leído, conociá a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; había intentado adentrarme sin éxito en uno de sus libros más afamados, La Habana para un infante difunto; había leído sobre él; había leído un libro de relatos que me fascinó por el lenguaje, aunque no por el contenido, si bien en un principoi me disgustaba que estuviese en contra del castrismo -ingenuo de mí- había terminado por estar de acuerdo con sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Ahora he estado de viaje, sin internet, sin prensa y casi sin televisión; esta tarde he dado una vuelta por varios suplementos literarios extranjeros y me he topado con la muerte de Alexander Solzhenitsyn. Las similitudes en ambos casos son interesantes. Sin haberlo leído, conozco a grandes rasgos su obra, personalidad e importancia; he intentado adentrarme, sin éxito, en su más afamado libro, Archipiélago Gulag; he leído sobre él; si bien en un principio me disgustaba que estuviese en contra del comunismo soviético -ingenuo de mí- he terminado por estar de acuerdo con muchas de sus posturas; en casa tengo su libro, siempre pendiente de leer.

Solzhenitsyn

Quizá sea el momento de ponerse a ello. De leerlos a los dos en serio. De mi viaje a Cuba vengo cargado de libros y ganas de leer autores cubanos: Lezama Lima, Reynaldo Arenas, Alejo Carpentier; no puede faltar Cabrera Infante. Del lado ruso, tengo pendiente la lectura de una biografía de Stalin, pensaba después afrontar los 3 volúmenes del Archipiélago (tan apetecibles en la nueva edición de Tusquets); quizá invierta el orden (aunque en esto de la lectura, el orden de los factores sí afecta al producto).

En cualquier caso, me ha entristecido su muerte, como lo hacen los fallecimientos de todos los escritores, conocidos o por conocer (aún recuerdo con precisión el día que murió Roberto Bolaño). Me gusta leer y reler las necrológicas, ver los albumes de fotos que preparan los diarios digitales; escuchar, cuando podía, las palabras que quería dejar para la posteridad, grabadas en el programa epílogo. Asstir, de alguna manera, a su entierro. Y no he podido hacerlo. Su muerte, así, queda aún más lejana.

Un día tengo que hablar de todo esto. Mientras, creo que añana compraré un par de libros. De alguna ridícula forma, creo que se lo debo.